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Winston
Estremadoiro |
Cuando la lectura de las noticias me provoca una
avitaminosis de la buena prosa, me alimento de Pablo
Neruda. En esa caja de bombones que es la segunda parte
de sus memorias, me atrajo uno sobre la bondad, que el
gran poeta encarece a endurecer, ya que “es también
bondadosa la llama en las selvas incendiándose para que
rajen la tierra los arados bondadosos.” Estamos en esa
maldita época del año, de amanecer con ojos acuosos y
estornudos alérgicos, causados por aires contaminados de
humo. Sudamérica se enferma de una varicela de llamas y
los satélites desnudan el cutis verde de la selva
moteado de llagas de fuego. No sé si daré en el blanco y
sensibilizaré, pero lanzo la saeta de que siendo
preocupante la salud ambiental del planeta, poco parece
importarle a los nuevos salvadores de la patria.
Lo demostrará la segunda reforma del agro, que
seguramente vendrá acompañada de improvisaciones que
hicieran de la reforma de 1953 un fracaso agrícola y
desperdicio del recurso tierra. Ni negar que la reforma
de la tenencia de la tierra la dividió en parcelas
ineficientes y la tornó en yermos desertificados por el
cansancio y la deforestación. Eso sí, fue un efímero
éxito político. ¿Es novedosa la segunda ‘revolución
agraria’, producto de simbiosis de ciencia y voluntad de
mejorar las cosas? No.
Los ayatolas de hoy no tienen tal imaginación, menos la
experiencia de inseminar una vaca o manejar un tractor.
¿Qué se puede colegir si se arma en tiempo récord una
‘revolución del agro’ cuando de la reforma de 1953, con
casi 107 millones de hectáreas objeto de saneamiento,
menos del 10% se ha titulado, menos del 10% están por
titular y casi 30% se encuentran en proceso? Esta
segunda desilusión equivale a que estando atosigado el
teatro, abran las puertas a una estampida de supuestos
labriegos sin tierra. Claro, no será en el altiplano,
que buena falta le hace, sino en el oriente de
antipáticos ‘cambas oligarcas’ que han puesto a Bolivia
en el ranking mundial de producción de soya y productos
acabados de madera.
La clave para entender esta, al igual que otras medidas
del actual régimen, es que para perpetuarse en el poder
se copia el libreto de Hugo Chávez en Venezuela. En
dicho país, la
propiedad privada e individual de la tierra es historia.
El decreto 3408 "rescató" tierras improductivas y las
asignó a "grupos de población" y "comunidades
organizadas" de campesinos. El caudillo caribeño se
empeña en repetir fracasadas reformas de gobiernos
socialistas de pasadas décadas. Su Ley de Tierras da
poder al gobierno para expropiar aquellas que los
burócratas consideren mal utilizadas, como también esas
con fallas en sus títulos. Los venezolanos conocen la
burocracia de Chávez: para obtener una partida de
nacimiento, cédula de identidad, pasaporte, copia
legalizada de documentos y hasta la inscripción de
jubilados para recibir sus pensiones, cada error
significa ingresos para el burócrata, a la vez que
retraso de meses para el ciudadano.
¿Qué diferente puede ser la Bolivia de burócratas de
‘timbres de aceleración’, esos servidores de mandamases
de turno que hoy se afanan para alardear que son más
masistas
que Antonio Peredo, más aymaras que el canciller
yatiri?
Al cabo, aún antes de que asumiera el mando Evo Morales,
ya habían hecho la vista gorda del atropello de la
Hacienda Collana. En Venezuela, la estancia ganadera El
Charcote fue la primera víctima de la "guerra contra el
latifundio", dada su extensión de 13.000 hectáreas y que
era de un inglés cuyo bisabuelo la había comprado en
1903. Tan odioso
k’ara
como los dueños de la avasallada hacienda lechera del
altiplano.
¿Y
el sector forestal? Son casi 50 millones de hectáreas
que están en la mira de las langostas campesinas. Ya han
penetrado en la Reserva del Chore, en el Amboró, en
tierras del Iténez, en el Parque Isiboro-Sécure.
Empezaron su siniestro ciclo de tumbar monte, vender las
troncas, quemar la floresta, sembrar arroz, cansar la
tierra, morirse de hambre y echar ojo a la propiedad
ajena. ¿Qué les puede importar a ellos, ignorantes
aleccionados, que Bolivia haya logrado el liderazgo
mundial con su millón de hectáreas de bosques
certificados por correcto manejo? Vale un rábano la
conservación del acervo natural, que el país ocupe el 6°
lugar en extensión de bosques tropicales en el mundo.
Dios me libre del historicismo, plaga de sabihondos que
sopesan el pasado con criterios del presente, para
enjuiciar las bellas metáforas de un poeta como Neruda.
Pero censuro el silencio de los ambientalistas, que hoy
se callan, cómplices, ante los atropellos al patrimonio
natural de Bolivia. Pero dada la tendencia a tomar por
lo folclórico zonceras que a diario brotan de la boca de
atropelladores de la democracia, redoblo el tambor de
que en Bolivia se pretende implantar un totalitarismo
indígena. Y rebato ideologías rancias que nutren a los
apóstoles del cambio.
Decía
Mao Zedong que no importa el color del gato, sino que
cace ratones. En el país sí importa si el micifuz es
blanco, mestizo o cobrizo. Una avanzada fundamentalista,
versión aymara, ha reemplazado a la vanguardia minera de
antaño. No es asunto ligero, banalidad de quienes hoy
dicen una cosa y mañana otra, cuando se les resiste. Es
parte de una conjura bien aviada con petrodólares. Con
pulcritud de chef de tele cocinan una receta de amasijo
de postulado leninista, aderezo de medias verdades
etnográficas, relleno de dogmas maoístas que costaron
millones de muertos en Camboya y baño de crema de
corporativismo de corte nazi-fascista. Ese que en
Bolivia se resume en el ‘un proyecto, un pueblo, un
líder’ de Evo Morales, que recuerda aquel Ein
Reich, Ein Volk, Ein Führer de Adolfo Hitler. Que en
versión comunista fue estalinista y cuya versión
castrista rebrotó en la Venezuela de Chávez.
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