Tierra, medio ambiente y totalitarismo

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Agosto 2006     

 

Winston Estremadoiro

Cuando la lectura de las noticias me provoca una avitaminosis de la buena prosa, me alimento de Pablo Neruda. En esa caja de bombones que es la segunda parte de sus memorias, me atrajo uno sobre la bondad, que el gran poeta encarece a endurecer, ya que “es también bondadosa la llama en las selvas incendiándose para que rajen la tierra los arados bondadosos.” Estamos en esa maldita época del año, de amanecer con ojos acuosos y estornudos alérgicos, causados por aires contaminados de humo. Sudamérica se enferma de una varicela de llamas y los satélites desnudan el cutis verde de la selva moteado de llagas de fuego. No sé si daré en el blanco y sensibilizaré, pero lanzo la saeta de que siendo preocupante la salud ambiental del planeta, poco parece importarle a los nuevos salvadores de la patria.

 

Lo demostrará la segunda reforma del agro, que seguramente vendrá acompañada de improvisaciones que hicieran de la reforma de 1953 un fracaso agrícola y desperdicio del recurso tierra. Ni negar que la reforma de la tenencia de la tierra la dividió en parcelas ineficientes y la tornó en yermos desertificados por el cansancio y la deforestación. Eso sí, fue un efímero éxito político. ¿Es novedosa la segunda ‘revolución agraria’, producto de simbiosis de ciencia y voluntad de mejorar las cosas? No.

 

Los ayatolas de hoy no tienen tal imaginación, menos la experiencia de inseminar una vaca o manejar un tractor. ¿Qué se puede colegir si se arma en tiempo récord una ‘revolución del agro’ cuando de la reforma de 1953, con casi 107 millones de hectáreas objeto de saneamiento, menos del 10% se ha titulado, menos del 10% están por titular y casi 30% se encuentran en proceso? Esta segunda desilusión equivale a que estando atosigado el teatro, abran las puertas a una estampida de supuestos labriegos sin tierra. Claro, no será en el altiplano, que buena falta le hace, sino en el oriente de antipáticos ‘cambas oligarcas’ que han puesto a Bolivia en el ranking mundial de producción de soya y productos acabados de madera.   

 

La clave para entender esta, al igual que otras medidas del actual régimen, es que para perpetuarse en el poder se copia el libreto de Hugo Chávez en Venezuela. En dicho país, la propiedad privada e individual de la tierra es historia. El decreto 3408 "rescató" tierras improductivas y las asignó a "grupos de población" y "comunidades organizadas" de campesinos. El caudillo caribeño se empeña en repetir fracasadas reformas de gobiernos socialistas de pasadas décadas. Su Ley de Tierras da poder al gobierno para expropiar aquellas que los burócratas consideren mal utilizadas, como también esas con fallas en sus títulos. Los venezolanos conocen la burocracia de Chávez: para obtener una partida de nacimiento, cédula de identidad, pasaporte, copia legalizada de documentos y hasta la inscripción de jubilados para recibir sus pensiones, cada error significa ingresos para el burócrata, a la vez que retraso de meses para el ciudadano.

 

¿Qué diferente puede ser la Bolivia de burócratas de ‘timbres de aceleración’, esos servidores de mandamases de turno que hoy se afanan para alardear que son más masistas que Antonio Peredo, más aymaras que el canciller yatiri? Al cabo, aún antes de que asumiera el mando Evo Morales, ya habían hecho la vista gorda del atropello de la Hacienda Collana. En Venezuela, la estancia ganadera El Charcote fue la primera víctima de la "guerra contra el latifundio", dada su extensión de 13.000 hectáreas y que era de un inglés cuyo bisabuelo la había comprado en 1903. Tan odioso k’ara como los dueños de la avasallada hacienda lechera del altiplano.  


 
¿Y el sector forestal? Son casi 50 millones de hectáreas que están en la mira de las langostas campesinas. Ya han penetrado en la Reserva del Chore, en el Amboró, en tierras del Iténez, en el Parque Isiboro-Sécure. Empezaron su siniestro ciclo de tumbar monte, vender las troncas, quemar la floresta, sembrar arroz, cansar la tierra, morirse de hambre y echar ojo a la propiedad ajena. ¿Qué les puede importar a ellos, ignorantes aleccionados, que Bolivia haya logrado el liderazgo mundial con su millón de hectáreas de bosques certificados por correcto manejo? Vale un rábano la conservación del acervo natural, que el país ocupe el 6° lugar en extensión de bosques tropicales en el mundo.  

 

Dios me libre del historicismo, plaga de sabihondos que sopesan el pasado con criterios del presente, para enjuiciar las bellas metáforas de un poeta como Neruda. Pero censuro el silencio de los ambientalistas, que hoy se callan, cómplices, ante los atropellos al patrimonio natural de Bolivia. Pero dada la tendencia a tomar por lo folclórico zonceras que a diario brotan de la boca de atropelladores de la democracia, redoblo el tambor de que en Bolivia se pretende implantar un totalitarismo indígena. Y rebato ideologías rancias que nutren a los apóstoles del cambio.

 

Decía Mao Zedong que no importa el color del gato, sino que cace ratones. En el país sí importa si el micifuz es blanco, mestizo o cobrizo. Una avanzada fundamentalista, versión aymara, ha reemplazado a la vanguardia minera de antaño. No es asunto ligero, banalidad de quienes hoy dicen una cosa y mañana otra, cuando se les resiste. Es parte de una conjura bien aviada con petrodólares. Con pulcritud de chef de tele cocinan una receta de amasijo de postulado leninista, aderezo de medias verdades etnográficas, relleno de dogmas maoístas que costaron millones de muertos en Camboya y baño de crema de corporativismo de corte nazi-fascista. Ese que en Bolivia se resume en el ‘un proyecto, un pueblo, un líder’ de Evo Morales, que recuerda aquel Ein Reich, Ein Volk, Ein Führer de Adolfo Hitler. Que en versión comunista fue estalinista y cuya versión castrista rebrotó en la Venezuela de Chávez.

 

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