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Winston
Estremadoiro |
Rumiando el discurso del Presidente Morales y su abuso
del podio para enjuiciar y condenar, recordé a un
general de la república ya fallecido, camarada y amigo
cuando yo hacía el servicio militar de cadete
pensionista en Irpavi. Salimos de maniobras y él
‘servía’ una vetusta liviana de la Guerra Mundial -la de
1914. Ni empezado el rataratatá, el primer jalón rompió
la cola del disparador. Le quisieron hacer consejo de
guerra. Aunque pudiera haber alguna similitud, no es de
los misiles chinos que trataré.
Tampoco del irrespeto presidencial al debido proceso,
cuando puso en la picota a un probo ex presidente
Rodríguez. Ese que fuera llamado para dar salida a una
crisis que casi lleva al baño de sangre; que facilitó el
ascenso de Evo, vaya contrasentido, que ahora lo
denuesta para meter goles en la cachaña demagógica. Ni
me referiré al mote de explotador que espetara a un
conocido empresario y constituyente electo, un
presidente hecho al juez Torquemada de la Inquisición.
En tales desplantes, la perorata presidencial hizo
pensar en la ‘justicia comunitaria’; que él es un
aleccionador de quemar a quienes deben presumirse
inocentes hasta demostrar lo contrario.
Son solo padrenuestros y avemarías en el rosario de
atropellos del actual gobierno a la convivencia
civilizada bajo el imperio de la ley en democracia. A
las instituciones; la Iglesia una de ellas. A las
personas; recuérdese el injusto proceso con cárcel
previa al Ing. Bakovic. Y un etcétera en que no
abundaré. Atropellos en nombre de lucha contra la
corrupción que se convierten en silencio cómplice que
socapa, cuando de proteger a ‘sus’ cochinillos se trata,
como en la corruptela denunciada en YPFB por la
Superintendencia de Hidrocarburos.
Un desembozado García Linera, mostrando ser el ideólogo
más que el Rasputín del régimen (sitial que quizá le
toca al canciller yatiri), delineó la conspiración de
toma del poder en curso en Bolivia. Escarbando su
hojarasca de sociologismos marxistas, resulta que el
‘evismo’ surge como la versión boliviana de ‘ismos’ de
la historia. Aquellos que de antiguos a recientes, rayan
de leninismo, estalinismo y maoísmo, a castrismo y
chavismo. Son cepas siniestras de totalitarismo, versión
comunistoide, que en la Unión Soviética mataron 20
millones y en China 65 millones. Con la seguidilla de 1
millón en Europa oriental y otro millón en Vietnam; 2
millones en Corea del Norte y otros 2 millones en
Camboya; en África 1.7 millones y Afganistán 1.5
millones. Que en total son unos 100 millones de fríos
números que poco significan, hasta reflexionar que se
trata de gentes, de personas como usted, amigo lector, y
yo. Vaya a saber si por más humanos o menos eficientes,
en la América Latina hasta ahora solo son unos 150.000
cadáveres.
Son suficientes. Porque toda forma de totalitarismo es
contraria a la dignidad del hombre e importa poco su
basamento ideológico, religioso o político. Ni es
relevante en lo ético que se cometan más o menos
crímenes, porque suprimir la vida o la libertad no es
cosa que deba sopesarse en forma cuantitativa. Más o
menos atentados contra la vida y la libertad no
absuelven a los regímenes totalitarios de su falla de
origen: propender a la represión. Poco importa que las
dictaduras o dictablandas sean de derecha o izquierda,
de caudillos mesiánicos de aviones suntuosos o de
milicos con el monopolio de los fierros. Son
deformaciones de gobierno que deben superarse si se
busca sentar las bases de una sociedad moderna.
No sé hasta cuándo redoblaré el tambor, tocaré el
clarín, me desgañitaré gritando lobo, lobo, pero no
cejaré en advertir que Bolivia está a las puertas del
totalitarismo. La meta anunciada por García Linera es
lograr ‘un reacomodo del poder’ por los medios que
fueran menester. Similar era la justificación del
régimen comunista soviético en su fase leninista: en la
práctica solo una política tendiente a controlar
totalitariamente el Estado.
Destacan algunos elementos en la transición al
totalitarismo. Uno es el culto a la personalidad. El
carisma de Evo es útil para mantener índices de
popularidad, sustentado por propaganda y cobertura de
medios de comunicación, de sus arengas y exabruptos en
nombre de cruzadas como la lucha contra la corrupción.
Los analistas serios que hurgan la verdad detrás de los
magros logros reales del gobierno, no calan tanto en la
conciencia social como la fanfarria que acompaña la
imagen presidencial.
El fundamentalismo indígena de corte etnocentrista es el
caldo de cultivo para el resentimiento étnico como arma.
Se nutre de media verdad de 500 años de explotación y de
una mentirosa utopía anterior a 1492. Ayudada por sesgos
del INE en los censos, ha devaluado la autodefinición
mestiza en la población boliviana, martillando
indianismos que no son más que colonialismo interno,
variante aymara.
El régimen se arroga logros mentirosos. Como el
crecimiento de la economía, que en un país como Bolivia,
debido a la desigualdad, solo duplicándolo significaría
avances reales. Que mejoró con gobiernos anteriores, a
contrapelo de ‘movimientos sociales’ que saboteaban los
avances con sus despelotes.
Con aleccionamiento presidencial, esos mismos grupos de
choque chantajearán para que la Asamblea Constituyente
salga con sabor a receta chavista. “Son las mayorías
quechuaymara las que se expresan, que actúan en
contra de sus enemigos de clase, en contra de la
oligarquía neoliberal. El Estado Mayor del Pueblo
está aquí para canalizar y dirigir el odio y el deseo de
venganza de los oprimidos en contra de los k’aras.”
He reemplazado ‘masas’ por ‘quechuaymara’,
‘nosotros’ por ‘Estado Mayor del Pueblo’ y ‘opresores’
por ‘k’aras’. El resultado es un estribillo
boliviano de algo que decía Dzerjinski, jefe del CMRP en
la Rusia bolchevique, equivalente al Estado Mayor del
Pueblo evista.
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