Juez y parte, y totalitarismo

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Agosto 2006     

 

Winston Estremadoiro

Rumiando el discurso del Presidente Morales y su abuso del podio para enjuiciar y condenar, recordé a un general de la república ya fallecido, camarada y amigo cuando yo hacía el servicio militar de cadete pensionista en Irpavi. Salimos de maniobras y él ‘servía’ una vetusta liviana de la Guerra Mundial -la de 1914. Ni empezado el rataratatá, el primer jalón rompió la cola del disparador. Le quisieron hacer consejo de guerra. Aunque pudiera haber alguna similitud, no es de los misiles chinos que trataré.

 

Tampoco del irrespeto presidencial al debido proceso, cuando puso en la picota a un probo ex presidente Rodríguez. Ese que fuera llamado para dar salida a una crisis que casi lleva al baño de sangre; que facilitó el ascenso de Evo, vaya contrasentido, que ahora lo denuesta para meter goles en la cachaña demagógica. Ni me referiré al mote de explotador que espetara a un conocido empresario y constituyente electo, un presidente hecho al juez Torquemada de la Inquisición. En tales desplantes, la perorata presidencial hizo pensar en la ‘justicia comunitaria’; que él es un aleccionador de quemar a quienes deben presumirse inocentes hasta demostrar lo contrario.

 

Son solo padrenuestros y avemarías en el rosario de atropellos del actual gobierno a la convivencia civilizada bajo el imperio de la ley en democracia. A las instituciones; la Iglesia una de ellas. A las personas; recuérdese el injusto proceso con cárcel previa al Ing. Bakovic. Y un etcétera en que no abundaré. Atropellos en nombre de lucha contra la corrupción que se convierten en silencio cómplice que socapa, cuando de proteger a ‘sus’ cochinillos se trata, como en la corruptela denunciada en YPFB por la Superintendencia de Hidrocarburos.

 

Un desembozado García Linera, mostrando ser el ideólogo más que el Rasputín del régimen (sitial que quizá le toca al canciller yatiri), delineó la conspiración de toma del poder en curso en Bolivia. Escarbando su hojarasca de sociologismos marxistas, resulta que el ‘evismo’ surge como la versión boliviana de ‘ismos’ de la historia. Aquellos que de antiguos a recientes, rayan de leninismo, estalinismo y maoísmo, a castrismo y chavismo. Son cepas siniestras de totalitarismo, versión comunistoide, que en la Unión Soviética mataron 20 millones y en China 65 millones. Con la seguidilla de 1 millón en Europa oriental y otro millón en Vietnam; 2 millones en Corea del Norte y otros 2 millones en Camboya; en África 1.7 millones y Afganistán 1.5 millones. Que en total son unos 100 millones de fríos números que poco significan, hasta reflexionar que se trata de gentes, de personas como usted, amigo lector, y yo. Vaya a saber si por más humanos o menos eficientes, en la América Latina hasta ahora solo son unos 150.000 cadáveres.

 

Son suficientes. Porque toda forma de totalitarismo es contraria a la dignidad del hombre e importa poco su basamento ideológico, religioso o político. Ni es relevante en lo ético que se cometan más o menos crímenes, porque suprimir la vida o la libertad no es cosa que deba sopesarse en forma cuantitativa. Más o menos atentados contra la vida y la libertad no absuelven a los regímenes totalitarios de su falla de origen: propender a la represión. Poco importa que las dictaduras o dictablandas sean de derecha o izquierda, de caudillos mesiánicos de aviones suntuosos o de milicos con el monopolio de los fierros. Son deformaciones de gobierno que deben superarse si se busca sentar las bases de una sociedad moderna.


No sé hasta cuándo redoblaré el tambor, tocaré el clarín, me desgañitaré gritando lobo, lobo, pero no cejaré en advertir que Bolivia está a las puertas del totalitarismo. La meta anunciada por García Linera es lograr ‘un reacomodo del poder’ por los medios que fueran menester. Similar era la justificación del régimen comunista soviético en su fase leninista: en la práctica solo una política tendiente a controlar totalitariamente el Estado.

 

Destacan algunos elementos en la transición al totalitarismo. Uno es el culto a la personalidad. El carisma de Evo es útil para mantener índices de popularidad, sustentado por propaganda y cobertura de medios de comunicación, de sus arengas y exabruptos en nombre de cruzadas como la lucha contra la corrupción. Los analistas serios que hurgan la verdad detrás de los magros logros reales del gobierno, no calan tanto en la conciencia social como la fanfarria que acompaña la imagen presidencial.

 

El fundamentalismo indígena de corte etnocentrista es el caldo de cultivo para el resentimiento étnico como arma. Se nutre de media verdad de 500 años de explotación y de una mentirosa utopía anterior a 1492. Ayudada por sesgos del INE en los censos, ha devaluado la autodefinición mestiza en la población boliviana, martillando indianismos que no son más que colonialismo interno, variante aymara.  

 

El régimen se arroga logros mentirosos. Como el crecimiento de la economía, que en un país como Bolivia, debido a la desigualdad, solo duplicándolo significaría avances reales. Que mejoró con gobiernos anteriores, a contrapelo de ‘movimientos sociales’ que saboteaban los avances con sus despelotes.

 

Con aleccionamiento presidencial, esos mismos grupos de choque chantajearán para que la Asamblea Constituyente salga con sabor a receta chavista. “Son las mayorías quechuaymara  las que se expresan, que actúan en contra de sus enemigos de clase, en contra de la oligarquía neoliberal. El Estado Mayor del Pueblo está aquí para canalizar y dirigir el odio y el deseo de venganza de los oprimidos en contra de los k’aras.” He reemplazado ‘masas’ por ‘quechuaymara’, ‘nosotros’ por ‘Estado Mayor del Pueblo’ y ‘opresores’ por ‘k’aras’. El resultado es un estribillo boliviano de algo que decía Dzerjinski, jefe del CMRP en la Rusia bolchevique, equivalente al Estado Mayor del Pueblo evista.

 

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