La nacionalización en refranes

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Agosto 2006     

 

Winston Estremadoiro

Es propinar un sopapo a la complacencia que en este país de 44% de niños y adolescentes, la vida sea una carrera de obstáculos para ellos. Lo documenta el PNUD en su informe Niños, niñas y adolescentes en Bolivia: 4 millones de actores del desarrollo, que desnuda la penosa realidad de las vallas mortales que deben sortear. La mitad de nacidos no son atendidos por médico, enfermera o partera: 75 de mil mueren antes de cumplir los 5 años. De 10, seis desertan la primaria, para que cuando viejos tengan que aprender el abecedario de sesgadas misiones extranjeras. El amor es torbellino de pureza original, canta Violeta Parra en Volver a los 17, pero arruina el futuro de 11 de cada 100 jovencitas ignorantes que se embarazan.

 

A perro flaco todo se le vuelve pulgas: lo más trágico es que aún sorteando la carrera de obstáculos, llegando a adultos la única opción sea el éxodo multitudinario de hoy. ¡Bolivianos, el hado propicio!, es trabajar de lo que sea, donde sea, como sea. La patria no les ofrece oportunidades de empleo.

 

El quid del tema es que Bolivia está mal gobernada y pésimamente administrada. Lo que sucede en el sector de hidrocarburos es negligencia criminal de charlatanes del cambio. Porque el gas natural era la clave de que un tiempo perentorio se pudiese lavar el estigma de ser un país insolvente, incapaz de atender las necesidades de su gente. Era la esperanza de sembrar gas y cosechar bienestar, que equivale a empleo, que significa dignidad. Y un balance muestra que se ha ido de la sartén a las brasas. Buena sería la hidalguía en reconocerlo, pero tal no sucederá.

 

Cómo, si sin saber que alabanza propia es vituperio, el presidente se infla cada día más, a extremo patético haciendo monumento nacional de Orinoca. Cómo, si en vez de imprimir estampillas con rasgos de la diversidad boliviana, presentan un Evo disfrazado de tiahuanacota, versión boutique, dizque para ensalzar lo indígena. Cómo, si el adalid de la cruzada contra la corrupción apela al coco de ‘intereses internos y externos para hacer fracasar la nacionalización’, para tapar denuncias de un superintendente regulador -del MAS por añadidura-, dando pábulo a rumores que se trata de su hombre del maletín.   

 

Las denuncias de corrupción suman y siguen, corroborando que a mamar todos nacen sabiendo. Mientras tanto se empaña la imagen de Bolivia, que hace unos meses tenía una aureola de cambio que la hacía simpática a los ojos del mundo.  

 

A río revuelto, ganancia de pescadores, se aplica a un caudillo venezolano que con préstamos y promesas se está haciendo del negocio gasífero boliviano. Helicóptero, avión y dinero de bolsillo los unos, para un ahijado que impone supuesta austeridad, mientras gasta como nuevo rico en cónclaves y programas para perpetuarse como mandamás siguiendo la receta del padrino. Alharaca las segundas, como la de invertir insuficientes $1.500 millones en exploración de áreas hidrocarburíferas no tradicionales, que ahora decantan en risibles $51 millones, que ni alcanzan para un pozo exploratorio en el norte de La Paz.

 

Vienen de uno con miles de millones de dinero petrolero, que lo usa a discreción para jugar a la geopolítica. Cuya munificencia imitada por el otro, pobre como ratón de sacristía, le hacen meterse en negocio de negros. Como cuando alardea de $200 millones de ingreso del contrato con la Jindal para explotar el Mutún, donde los impuestos están en duda y las  regalías contrastan por bajas, comparados a la dura posición asumida con las petroleras. Peor aún, se negocia el gas energizante a la mitad del precio pactado con Argentina, que tampoco llega a los $7.50 por MMPC exigido a Brasil. Con lo que resulta que estamos regalando decenas de millones anuales a la empresa india de nuestro afín presidente indio, como él mismo lo dijera, para que explote el Mutún.

 

El mayor negocio de negros vino con la nacionalización de hidrocarburos: trocar la oportunidad de ser el nodo energético del sur del continente, por uncir la humilde patineta boliviana al ostentoso Cadillac de Venezuela.

 

De mimada del gigante Brasil se ha pasado a la malcriada que se castiga volcando la cara. Se desperdició torpemente la oportunidad geopolítica de encarar la pulseta con Chile, cambiando el axioma por el que se rige, a ‘por la razón y la fuerza’, atenuando la tradicional colusión entre Itamaraty y La Moneda, al aliarnos con el Brasil en base a su dependencia energética y por estar en su camino geográfico a los mercados asiáticos.  

 

Cambiamos una eficiente Petrobrás dispuesta a ceder en casi todo a Bolivia, por una PDVSA que no se sobrepone del sangrado de 20.000 técnicos por política; que cerró 20.000 pozos por falta de mantenimiento; que más parece el talego de su caudillo para la demagogia que tiene a su país cada vez más pobre, mientras lo hace más rico el precio del petróleo vendido al ‘villano’ Estados Unidos.

 

Al haragán y al pobre, todo le cuesta el doble, parece el paquete que se negoció con Argentina. Mientras los bisoños bolitas se fijaban en un magro aumento en el precio, los gauchos matreros ataban el paquete a plantas de gas de su tecnología, no siempre de punta: de 200 MMPCD por 300 millones de dólares, donde la mitad es papita pa’l loro. La relación con España y Repsol YPF se agriará apenas se rompa el coyuntural hilo político de Rodríguez Zapatero, que favorece a Evo; lo promete Mariano Rajoy, jefe del partido opositor.

 

A la larga todo se arregla es alentador, hasta que la propensión al totalitarismo del presente régimen trae a la mente que a un clavo ardiendo, se agarra el que se está hundiendo. Pero está claro que después del gusto, que venga el susto: pasada la farra de la nacionalización de hidrocarburos, vino la perseguidora resaca en un gobierno cuyo balance semestral cosecha más ruido que nueces y más chala que trigo.   

 

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