Winston Estremadoiro

La amnesia colectiva sobre YPFB  

Junio 2005     

 

Winston Estremadoiro

El otro día retrotraje memoria al papelón que hicieran unas feministas lava patas en burda emulación de Cristo en su gesto divino de humildad. Sufrieron jalones y chicotazos, en clara muestra de que las huestes sitiadoras de La Paz, en cuanto a libertad de expresión, son retrógradas como Camisas Pardas hitlerianas.

 

El incidente sucedió en la Plaza de los Héroes de La Paz, convertida en un Hyde Park londinense, versión aymara. Me explico. En la culta Londres, basta subirse a un cajón que destaque 30 cm. al orador de su audiencia, para expresar lo que en derecho de libre expresión corresponde. En la prostituida Plaza San Francisco, las montoneras son una pascana para repartir viáticos y dinamita; calentar motores –mejor dicho, cabezas- alistando arremetidas a la Plaza Murillo, sede de los poderes Ejecutivo y Legislativo de una Bolivia con gobernantes tembleques en imponer el Estado de Derecho. No son parte del ejercicio de un derecho de libre expresión, sino de una conjura siniestra.

 

En una Charcas acantonada por idioma nativo, vestido y tradición desde las ordenanzas reales de la colonia, quizá lo más trascendental desde 1952 fue la movilidad horizontal: la libertad de desplazarse en busca de mejores horizontes a lo largo y ancho de la inmensa geografía boliviana. Reyes morenos de presteríos de venteras en el mercado Mutualista de Santa Cruz lo demuestran; ganaderos benianos con casa y escuela para sus hijos en Cochabamba lo prueban; collas dueños de tiendas en la plaza de Riberalta lo restregan; cosechadores anuales en las tierras bajas del este lo abofetean; funcionarias de buen mirar y hablar chuto en la sede de gobierno lo regodean. Existe, pues, una versión boliviana del melting pot de razas, de gentes mezclándose en mestizaje cultural y biológico, que agracian por lo diverso de sus caras y costumbres.

 

Hoy ese crisol de bolivianidad está amenazado por etnocentrismos militantes. La fijación actual en lo que separa en vez de lo que une a los bolivianos, quizá es parte de un atrincheramiento cultural del mundo occidental, que acompaña, paradójicamente, a la gestación de grandes bloques de integración, bajo los cuales, inexorable, fluye el proceso que marca los tiempos: la globalización. El ejemplo más claro es esa Europa bogando como por un río de montaña hacia la unión, con tramos calmos, raudos y de espuma blanca de peligrosos rápidos, pero navegando.

 

En esa Europa de socios diferentes, prósperos la mayoría, las particularidades étnicas, lingüísticas y religiosas dentro sus unidades republicanas, han logrado grados de autonomía impensables hace medio siglo. Cultura, prosperidad y solidez de sus Estados hace posible tales grados de autogobierno sin resquebrajarse. Conflictos y tensiones existen, pero bien embridados, con rienda corta y fuete listo.     

 

Esas gentes de países cuya laboriosidad les ha dado riqueza, desayunan enterándose de la diversidad cultural, y la pobreza, de pueblos como el boliviano. Tienen acceso digital a enviar una contribución a causas promovidas por entes no gubernamentales en esas lejanías, tan fácil como dar una moneda a un mendigo en la calle. Algunos gobiernos, principalmente nórdicos cuyo socialismo encuadra más en economía social de mercado, toleran que sus activistas practiquen reivindicaciones en países como el nuestro, financiándoles acciones censuradas en sus confines. Otros tal vez lo hacen a título de exportar esquemas de cambio social; algunos quizá para tabear que esta frágil Bolivia levante cabeza. Un millón de dólares es una pigricia en la sumatoria de esos flujos financieros, quizá deducibles de impuestos en esos países. Pero equivalen a casi 19.000 sueldos mínimos en la Bolivia desempleada de hoy. Pagan una planilla mensual de a Bs. 2.000 de más de 4.000 mercenarios del alboroto. He ahí la base financiera de la inestabilidad sociopolítica actual.

 

La conjura es protagonizada por personeros de ONGs, asesores externos y caciques de los llamados movimientos sociales, de los cuales el partido del cocalero se considera instrumento político. Para dar una idea, dicen que el Plan Vinto de copar tierras ajenas o forestales y alborotar Santa Cruz, cuenta con un colchón de 22 millones de dólares. Para colmo de males, la Iglesia Católica, otrora otro factor de unidad –como el idioma español- de una Bolivia mestiza mayoritaria, adolece hoy de una dualidad entre su cúpula que llama a la pacificación y párrocos que echan leña al fuego endiosando los conflictos.

 

Parte de la conjura es lavar el cerebro de las gentes con estribillos mentirosos. Una tal obnubilación general es creer que por alguna suerte de magia, la solución de los problemas de pobreza, desempleo y exclusión es cuestión de cocer una torta Babeliana en una Asamblea Constituyente, al calor de militantes que coaccionarán a gritos y palos que el pastel se hornee como ellos exigen. ¿Cuántos son? Fueran 150 mil, no llegan al 2% de 9 millones de bolivianos; ni al 5% de 3 millones de votantes. Pero incentivan participación con dinero, cuando no chantajean con cruces amenazantes.

 

Exhorto a la mayoría silenciosa: recuerden que la Constitución enaltece multilingüismo y pluriculturalidad en Bolivia. Encaren que esos ideales serán solo un saludo a la bandera con una demagógica Asamblea Constituyente que pergeñe otra Carta Magna, si la torta económica sigue aún exigua. Asuman que el meollo del problema es hacer crecer la riqueza del país antes de repartirla mejor. De otra suerte, los vivillos de siempre –políticos corruptos, pichicateros, contrabandistas y, sí, parásitos que viven de dinero externo en nombre de los pobres- seguirán bien, gracias mil, con su parte del león. Por eso urge que el gobierno use brida, rienda y fuete que las leyes otorgan, para contener a las bestias desbocadas de los desmanes sociales.

 

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