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Winston
Estremadoiro |
El otro
día retrotraje memoria al papelón que hicieran unas
feministas lava patas en burda emulación de Cristo en su
gesto divino de humildad. Sufrieron jalones y
chicotazos, en clara muestra de que las huestes
sitiadoras de La Paz, en cuanto a libertad de expresión,
son retrógradas como Camisas Pardas hitlerianas.
El
incidente sucedió en la Plaza de los Héroes de La Paz,
convertida en un Hyde Park londinense, versión aymara.
Me explico. En la culta Londres, basta subirse a un
cajón que destaque 30 cm. al orador de su audiencia,
para expresar lo que en derecho de libre expresión
corresponde. En la prostituida Plaza San Francisco, las
montoneras son una pascana para repartir viáticos y
dinamita; calentar motores –mejor dicho, cabezas-
alistando arremetidas a la Plaza Murillo, sede de los
poderes Ejecutivo y Legislativo de una Bolivia con
gobernantes tembleques en imponer el Estado de Derecho.
No son parte del ejercicio de un derecho de libre
expresión, sino de una conjura siniestra.
En una Charcas acantonada por idioma nativo, vestido y
tradición desde las ordenanzas reales de la colonia,
quizá lo más trascendental desde 1952 fue la movilidad
horizontal: la libertad de desplazarse en busca de
mejores horizontes a lo largo y ancho de la inmensa
geografía boliviana. Reyes morenos de presteríos de
venteras en el mercado Mutualista de Santa Cruz lo
demuestran; ganaderos benianos con casa y escuela para
sus hijos en Cochabamba lo prueban; collas dueños de
tiendas en la plaza de Riberalta lo restregan;
cosechadores anuales en las tierras bajas del este lo
abofetean; funcionarias de buen mirar y hablar chuto en
la sede de gobierno lo regodean. Existe, pues, una
versión boliviana del
melting
pot
de razas, de gentes mezclándose en mestizaje cultural y
biológico, que agracian por lo diverso de sus caras y
costumbres.
Hoy ese crisol de bolivianidad está amenazado por
etnocentrismos militantes. La fijación actual en lo que
separa en vez de lo que une a los bolivianos, quizá es
parte de un atrincheramiento cultural del mundo
occidental, que acompaña, paradójicamente, a la
gestación de grandes bloques de integración, bajo los
cuales, inexorable, fluye el proceso que marca los
tiempos: la globalización. El ejemplo más claro es esa
Europa bogando como por un río de montaña hacia la
unión, con tramos calmos, raudos y de espuma blanca de
peligrosos rápidos, pero navegando.
En esa Europa de socios diferentes, prósperos la
mayoría, las particularidades étnicas, lingüísticas y
religiosas dentro sus unidades republicanas, han logrado
grados de autonomía impensables hace medio siglo.
Cultura, prosperidad y solidez de sus Estados hace
posible tales grados de autogobierno sin resquebrajarse.
Conflictos y tensiones existen, pero bien embridados,
con rienda corta y fuete listo.
Esas gentes de países cuya laboriosidad les ha dado
riqueza, desayunan enterándose de la diversidad
cultural, y la pobreza, de pueblos como el boliviano.
Tienen acceso digital a enviar una contribución a causas
promovidas por entes no gubernamentales en esas
lejanías, tan fácil como dar una moneda a un mendigo en
la calle. Algunos gobiernos, principalmente nórdicos
cuyo socialismo encuadra más en economía social de
mercado, toleran que sus activistas practiquen
reivindicaciones en países como el nuestro,
financiándoles acciones censuradas en sus confines.
Otros tal vez lo hacen a título de exportar esquemas de
cambio social; algunos quizá para tabear que esta frágil
Bolivia levante cabeza. Un millón de dólares es una
pigricia en la sumatoria de esos flujos financieros,
quizá deducibles de impuestos en esos países. Pero
equivalen a casi 19.000 sueldos mínimos en la Bolivia
desempleada de hoy. Pagan una planilla mensual de a Bs.
2.000 de más de 4.000 mercenarios del alboroto. He ahí
la base financiera de la inestabilidad sociopolítica
actual.
La
conjura es protagonizada por personeros de ONGs,
asesores externos y caciques de los llamados movimientos
sociales, de los cuales el partido del cocalero se
considera instrumento político. Para dar una idea, dicen
que el Plan Vinto de copar tierras ajenas o forestales y
alborotar Santa Cruz, cuenta con un colchón de 22
millones de dólares. Para colmo de males, la Iglesia
Católica, otrora otro factor de unidad –como el idioma
español- de una Bolivia mestiza mayoritaria, adolece hoy
de una dualidad entre su cúpula que llama a la
pacificación y párrocos que echan leña al fuego
endiosando los conflictos.
Parte
de la conjura es lavar el cerebro de las gentes con
estribillos mentirosos. Una tal obnubilación general es
creer que por alguna suerte de magia, la solución de los
problemas de pobreza, desempleo y exclusión es cuestión
de cocer una torta Babeliana en una Asamblea
Constituyente, al calor de militantes que coaccionarán a
gritos y palos que el pastel se hornee como ellos
exigen. ¿Cuántos son? Fueran 150 mil, no llegan al 2% de
9 millones de bolivianos; ni al 5% de 3 millones de
votantes. Pero incentivan participación con dinero,
cuando no chantajean con cruces amenazantes.
Exhorto
a la mayoría silenciosa: recuerden que la Constitución
enaltece multilingüismo y pluriculturalidad en Bolivia.
Encaren que esos ideales serán solo un saludo a la
bandera con una demagógica Asamblea Constituyente que
pergeñe otra Carta Magna, si la torta económica sigue
aún exigua. Asuman que el meollo del problema es hacer
crecer la riqueza del país antes de repartirla mejor. De
otra suerte, los vivillos de siempre –políticos
corruptos, pichicateros, contrabandistas y, sí,
parásitos que viven de dinero externo en nombre de los
pobres- seguirán bien, gracias mil, con su parte del
león. Por eso urge que el gobierno use brida, rienda y
fuete que las leyes otorgan, para contener a las bestias
desbocadas de los desmanes sociales.
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