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Winston
Estremadoiro |
No sé si fue porque mordisqueaba un Vargas Llosa
cuestionando cuándo se jodió el Perú en
Conversación en la Catedral,
pregunta apropiada a la Bolivia de siempre. Quizá tuvo
que ver la fantasmagoría de Emir Kusturica reseñando la
desintegración yugoslava en su premiado film
Había una vez un país.
Algo me hizo el ensayo de un argentino que se preguntó
un ‘qué
será, será’
(cantado por Doris Day) sobre si será Brasil, Chile,
Perú, o el malo de siempre, que era Estados Unidos y
ahora será Venezuela, que mandará los cascos azules si
se arma la gorda en Bolivia.
O tal vez fue que en un ágape aclaré por enésima vez,
ésta ante una audiencia de camaradas milicos, que soy
camba y qué. Que ser beniano no me hace camba bueno,
comparado con los dizque separatistas crucos: ¿acaso se
diferencia en escala de bueno o malo entre collas
orureños, paceños, potosinos o cochabambinos? (aunque
alguna vez, para cobrar chuscadas de mis amigos cochalas,
sugerí la bomba neutrónica que aniquila a la gente pero
no a las flores, como solución para mi Cochabamba
hermosa y conflictiva).
La cosa es que recordé la angustia de mi amigo Willi
Noack, alemán que ni es boliviano de nacimiento, pero
vale más que mil ‘originarios’. Tenía su núcleo en el
tongo disgregador de la ‘Bolivia india’, que le hizo
escribir varios artículos desguazando el tema. Uno,
percibió la frialdad de quienes consideran una afrenta a
su albo pedigrí, referirse al mestizaje de la abuelita
de tipoy o de pollera que la mayoría de bolivianos
ocultamos en el closet, junto con el hermano opa del
tercer patio. Dos, recibió la hostilidad de
etnófagos
gobiernistas, esos de mano aguada de barniz en conceptos
como raza, etnia, cultura y aculturación, que se
embriagan con milenarismos infantiles de
pachacutis
e involuciones a utopías ilusorias de 500 años atrás.
La madre del cordero parece ser un error del Instituto
Nacional de Estadística (INE), no sé si premeditado, en
el que se obvió la categoría de mestizo en responder a
una pregunta sobre la identificación indígena de los
bolivianos. Ante tal gafe, las blancas como leche de
Santa Ana del Yacuma se identificaron como
movimas,
grupo indígena que les enaltece. Y cholitas de ojos
verdes de Cliza aparecieron como quechuas.
Vaya y pase, son comunes los errores por sesgo de
respuesta en las encuestas y censos. Otro del Censo es
el ‘nivel de educación’, en el que muchos proclaman que
son universitarios, sin diferenciar de quien se aplazó
en vestibulares de uno que obtuvo un doctorado en
Oxford. Lo que agrava la omisión en cuestión, que no sé
si subsanará el INE mientras sea botín de guerra del
mandamás de turno, es que apareció por arte de magia un
62% de bolivianos como indígenas. Y es una falacia que
el gobierno actual utiliza en postulados políticos
etnocentristas de corte aymara.
Más aproximada a la verdad que la del Censo del INE, es
la que demuestra una encuesta de Mitchell Seligson, con
rigor estadístico y cuestionarios expuestos, que el 72%
de los bolivianos
“manifiestan
que el castellano es su idioma materno, mientras que
sólo el 15% afirma que es el quechua y el 11% que es el
aymara.” O sea que 72% es mestizo. Como dice mi cumpa
Willi, “la
brecha en Bolivia no existe entre indígenas y
no-indígenas sino entre pobres y ricos. Hay exclusión
pero también hay autoexclusión cuando una persona no se
esfuerza para superarse. Hay un egoísmo tonto de grupos
que actúan bajo el lema de hacerse ricos sea como sea y
si fuese necesario con corrupción.” O chantaje.
Es
momento de pelear por el respeto a los dos tercios para
aprobar incisos de la nueva Constitución, como establece
la Ley de Convocatoria a la Asamblea Constituyente. Vale
la pena machacar que otra pulseta es la peregrina
declaración de ‘originaria’ a la Constituyente, que
oculta el totalitarismo étnico.
Miren a
Colombia, de la que nos diferencian apenas 100.000 Km2,
30 millones de habitantes y una guerra interna: sigue
siendo una pujante nación que vive feliz con su
diversidad. ¿Se le ha ocurrido a un alucinado chibcha
dividir políticamente el país en las 70 etnias que lo
habitan? Me late que los estereotipos de bogotanos
versus caleños versus costeños y todos ellos contra los
pastusos, son más fuertes aún que los prejuicios de
collas y cambas.
Sin
perjuicio de transitar de lenguas indígenas maternas al
español al escolarizar, en la educación en países
hispanoamericanos progresistas mandan el español como
lengua común adentro, el inglés como lengua franca
afuera, y enseñar la computación que define los nuevos
analfabetos. Porque hoy la civilización exitosa del
planeta tiene un idioma basado en dos signos: el
alfabeto digital. Empobrecen los países que no acceden
al conocimiento porque son iletrados en el idioma
binario de la economía del mundo. Y punto.
¿Cómo digerir la diversidad de 36 conglomerados étnicos
de las propuestas de división política del gobierno
actual, si ni podemos tragarnos como cambas, collas y
chapacos? Pero la pregunta del millón es si tiene
sentido dividir Bolivia de modo que no se pueda llegar a
soluciones de compromiso en el marco de la ley. Ese
consenso que de dientes para afuera proclama el gobierno
en la Constituyente, mientras en los hechos está
empeñado en imponer un predominio etnocentrista a un ser
boliviano en fragua, que no es ni indio ni blanco. Como
concebía José Vasconcelos, es mestizo latinoamericano de
la raza cósmica: variante boliviana.
Al final, son dos visiones de país las que dividen a los
bolivianos hoy en día. Una orientada al mundo exterior,
a trabajar y producir, con rasgos buenos y otros que
merecen mejora. La otra visión pregona cambios, pero no
es más que una involución que disfraza la toma del poder
por bloqueadores, avasalladores, tapiadores y
huelguistas, que llevará a 20 años más de frustración
nacional.
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