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Winston
Estremadoiro |
El otro día, mientras los mineros de Huanuni se
sangraban a dinamitazos en esos yermos donde las vetas
de mineral fraguan cual tendones de los cerros, el
enviado de Caracas se largó una arenga ofreciendo
derramar sangre venezolana para sustentar el proceso
boliviano, como en 1825 (sic). La primera cosa que se me
vino a la mente es que si se trataba del embajador de
Estados Unidos, la intromisión hubiese hecho la primera
plana de los diarios. Al cabo, una clase política de
componendas sazonó el desaguisado y un gringo metiche
puso en bandeja este indigesto ají de fideos, con
picante ideológico rancio y escasa ‘racha’ de carne
pensante, que es el gobierno actual.
La segunda fue recordar la historia. La saga boliviana
se fraguó con el reductor de una ilustrada Charcas en el
fuego de la plata potosina. Otro hito culminó en 1825,
merced a la espada de criollos venezolanos y la astucia
de sus pares charquenses, después del desangre indígena
desde 1781 y de sacar del escenario a los mestizos de
republiquetas guerrilleras en la guerra de 15 años.
Terminé indigesto con un deslenguado congresista del
partido gobernante, que afrentó la memoria de los
libertadores venezolanos, al compararlos con el
entrometido agente de Hugo Chávez que apuntala con
promesas de sangre al actual régimen. Y me acordé de
Charles Arnade, amigo que me alimenta con valiosas
sugerencias de cuando en cuando. El profesor Arnade es
autor de
La
dramática insurgencia de Bolivia,
crónica clásica del nacimiento de nuestro país. Su obra
destaca el torvo papel de los ‘dos caras’, los doctores
altoperuanos cuyo ejemplo fue Casimiro Olañeta, cuyas
intrigas le valieron a un probo Mariscal de Ayacucho
abandonar Bolivia con el brazo liberador tullido.
Con semejante telón de fondo abordo el tema de una
guerra civil en Bolivia, cuyos truenos vienen sonando a
lo lejos afuera del país. Tal eventualidad escandalizó a
un par de analistas de televisión, que consideran
afiebrada la posibilidad. ¿Acaso no rige ya en las
andanadas de análisis en la prensa y en la Red, lo que
Salvador de Madariaga llamó la ‘guerra de tinta’ que
precedió a la Guerra Civil en España? Tal conflicto
sufrimos ya en la diaria dieta de amenazas, paros,
bloqueos, cierre de válvulas y huelgas de hambre, que
iluso pensé que había terminado con la elección por
mayoría absoluta del presidente Evo Morales. Una guerra
civil localizada fue lo que vimos en las explosiones y
los muertos en Huanuni. Todo ocurre ante la vigencia de
un Estado indiferente, quizá inerme e incapaz de imponer
orden y ley.
Aunque deberíamos estar celebrando con bombos y
platillos los 24 años de la democracia en Bolivia, me
avengo a que cuando el río suena es que piedras lleva.
Basta anoticiarse de truculencias bolivianas para
impulsar en los vecinos simulaciones basadas en la
teoría de juegos y permitidas por el manejo de variables
de las computadoras.
Por eso no debe extrañar que en Argentina ponderen entre
600 mil y un millón de bolivianos huyendo de la
hecatombe, calculando entre 438 a 730 millones de
dólares el costo de mantener semejante horda de
refugiados. Que
servicios de inteligencia
de las fuerzas armadas brasileñas crean que “la paz en
América del Sur es incierta”, panorama que los lleva a
proponer aumentos del gasto militar y la reactivación de
su industria bélica, y sus estrategas recomiendan que
den prioridad a Bolivia, “único foco significativo de
tensión fronteriza”. Dan justificación a militares
chilenos armados hasta los dientes y listos para pegar
sin alharaca previa, y su sobria presidenta Bachelet
reclama transparencia. Alan García gana puntos con
Washington alertando del fundamentalismo andino,
declarando que
"jamás hemos pensado
defendernos de Bolivia”, pero lo contradice el mandamás
de la comisión de Defensa del congreso peruano,
indicando que la frontera boliviana es una “zona rosa,
que puede pasar a roja si los temores se acrecientan”.
La madre del cordero, ¿o el padre del borrego?, es el
gobierno populista de Hugo Chávez, que junto a Cuba y
Bolivia forman un ‘eje del mal’ en Sudamérica, según un
congresista chileno. En su dependencia de remesas del
padrino, se está convirtiendo al país en satélite
venezolano, lo que equivale a pasar de pulga en elefante
estadounidense a garrapata en la ingle de mono aullador
caribeño, desdeñando ser el feliz pajarito saca piojos
del apacible hipopótamo brasileño.
No hay duda de que Chile y Brasil son dos países
gravitantes para Bolivia, mucho más que la lejana
Venezuela. Ante el cuadro apocalíptico boliviano, acojo
un constructivo planteamiento, tanto más sorprendente
por insertarse en
El Mercurio, sitial conservador chileno. Propone abrir “una nueva
era de cooperación con Bolivia y Perú y neutralizar a
Chávez”, con “la creación de una unión económica que
abarcara toda Bolivia, las dos provincias del sur del
Perú (Tacna y Moquegua) y la Primera Región de Chile. Se
trataría de un área geográfica dentro de la cual podrían
circular libremente personas, bienes e inversiones, al
igual como ocurre hoy en el ámbito de la Unión Económica
Europea. Esta unión permitiría avanzar
significativamente en transformar esa zona del
continente, hoy estancada y caracterizada por altos
niveles de pobreza, en un polo de desarrollo de vastas
proyecciones”.
Acoto que es necesario incluir a Brasil como un
protagonista de esta alianza. Es mayor su necesidad de
acceder a los mercados asiáticos por puertos de Perú y
Chile, a través de Bolivia. Además, me apalanco en una
deducción de la teoría de juegos para reencauzar la
relación con Brasil: el Equilibrio de Nash, sí, aquel
Premio Nóbel de 1994 del film
Una mente
brillante.
La situación de Bolivia y Brasil sería más afortunada
para ambos si existiera una coordinación adecuada. Y un
beneficio para todos: Chávez pasaría al olvido.
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