Devolver la novillada al corral

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Octubre 2006     

 

Winston Estremadoiro

Decidí acompañar a mi esposa en un viaje a la madre patria, a una especialización en La Coruña, adelantándome a la eventualidad de que me la robe algún gitano de tablao flamenco. Y matar dos pájaros de un tiro dando una vueltita por Pontevedra, de donde vinieron mis ancestros según un australiano afecto a la genealogía, que hasta escudo heráldico mostró. Me hizo dudar algún alcohol de por medio en el genealogista, pero no apelaré a la liviandad de consultar expertos en España. Podría sucederme lo que a una paisana que presumía del apellido paterno y desdeñaba el materno. Grande fue su estupor cuando le espetaron que su encopetado apelativo no tenía escudo porque los sefarditas no tuvieron blasones, hostias. El apellido venido a menos sí los tenía, y la señora retornó a Trinidad con un escudo que mandó colgar de su portón. A los tres días se lo robaron.

 

Me dijeron que solo necesitaba mi carné para obtener un pasaporte. Mentira. Al llegar a la plaza sitiada que es la oficina de Migración, rodeada por el ejército de los que huyen de un país que no les da oportunidades de trabajo, un tosco letrero avisaba que con previamente debía obtener un certificado de antecedentes policiales y legalizar mi documento de identidad, al que debe faltarle credibilidad para acreditar quien soy. Hoy y siempre habrá motivos para abusivos que sangran dinero de la gente empobrecida.

 

En la Policía Técnica Judicial, cuya sigla es ahora un trabalenguas redundante, entretuve la espera de una larga fila mirando esa juventud que le dará sus mejores años a otras patrias. Me deprimí con el morbo de especular cuáles de las muchachas terminarían cuidando viejitos, cuáles limpiando inodoros, cuáles de esclavas sexuales. Entonces trabé charla con mi vecino, gallardo valluno de Cliza: ‘el párroco me lleva a Roma, porque soy carpintero, tallador de madera’. En eso llegó su turno y ahora lamento no recomendar que se atiborre de pampaku, chicharrón y planchitas, que en Italia se aburrirá de fideos. Y que no pude consolar su preocupación con el italiano, si poco entiendo de esa bella lengua, al escuchar la canción Sono contento de Alex Britti, presentada en San Remo 2001.

 

Entonces se me ocurrió contrastar el drama de la juventud que se va, con la dieta diaria de pronunciamientos, amenazas ‘hasta las últimas consecuencias’ y acciones de hecho, en el contexto del dedito admonitorio de Evo Morales quejándose, pobrecito, de trajines sediciosos de la oligarquía. Pues al paso que vamos, aumentan los oligarcas y pronto serán más, si el presidente continúa como cojo echándole la culpa al empedrado, con arengas plazueleras de sindicatero y sin talante de estadista.

 

Y será una pena. Al cabo Evo Morales fue elegido por mayoría absoluta después del deterioro de una clase política de componendas y talegazos. Y sorprendió el voto de la clase media, que le privilegió con esperanzas de una panacea de estabilidad política y buen gobierno. Cuyo apoyo se desvanece ahora como escritura en arena, ante el embate de las olas de su incapacidad de gobernar para todos.  

 

Es preferible una democracia imperfecta al populismo narcisista al que parece estar encaminado el gobierno. Pero ambos tienen un común denominador: la debilidad extrema de la capacidad del Estado de ejercer el monopolio de la fuerza para hacer cumplir la ley, atribución que le otorga la Constitución. Es decantación de varios años de que en aras de la democracia, de derechos humanos, de movimientos sociales y de enjuiciar a quienes se les manda imponer orden y luego se les responsabiliza de las consecuencias, se ha perdido el norte de la ley en Bolivia. No es cosa de que Evo beba ahora el trago amargo que otrora embutiera a los gobiernos que le precedieron. Es cuestión de que se abrió la tranquera del corral y la novillada empujó, y luego salió en estampida hacia los campos abiertos de la anarquía.

 

Quién devolverá la novillada al corral es hoy la cuestión que debe afrontarse. No lo hará el gobernante electo por mayoría absoluta después de casi 5 lustros de democracia representativa. Anda más en la onda de atizar el fuego de resentimientos revanchistas y no creo en sus recientes jallallas tácticos a la clase media y los empresarios. Por las luces que le adornan, era esperanzador el rol atemperador de García Linera, pero su flamígera proclama de hace poco mostró la hilacha de su poncho rojo que oculta el fusil.

 

La arenga del embajador venezolano es intromisión que recuerda que el padrino del proceso boliviano es Hugo Chávez y el abuelo consejero es Fidel Castro. Y lo que se urde en Bolivia es un populismo autoritario que sigue receta chavista. Es distinto al capitalismo o el socialismo moderados, en tanto se basa en la exaltación politiquera del caudillo, que promete metas económicas irrealizables, que si bien despiertan las expectativas populares, fracasan invariablemente por falta de realismo.

Un amigo me consuela que ya algunos sectores sociales le vieron la costura a las intenciones del gobierno, que se desespera temeroso de que la resistencia cunda. Ya subvirtió los dos tercios de la Ley de Convocatoria a la Asamblea Constituyente. Ahora se inventa golpes y puede intentar de todo envalentonado con la oferta de sangre venezolana. No presten atención a tal hemorragia, dice mi amigo, porque Chávez no es muy cumplidor de su palabra; recordando su rendición a los golpistas del 11 de Abril de 2002, tampoco lo distinguió por su valor personal. Cuba sí tiene experiencia en intervenir en pleitos ajenos. Y acota mi amigo que Evo Morales sí puede jugar al Sansón con los filisteos, tumbando el templo y que cunda el caos. Y que él como caudillo autocrático, devuelva la novillada al corral, a costo de la libertad en democracia que se obtuvo hace casi un cuarto de siglo. Maldito remedio peor que la enfermedad.

 

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