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Winston
Estremadoiro |
Decidí acompañar a mi esposa en un viaje a la madre
patria, a una especialización en La Coruña,
adelantándome a la eventualidad de que me la robe algún
gitano de tablao flamenco. Y matar dos pájaros de un
tiro dando una vueltita por Pontevedra, de donde
vinieron mis ancestros según un australiano afecto a la
genealogía, que hasta escudo heráldico mostró. Me hizo
dudar algún alcohol de por medio en el genealogista,
pero no apelaré a la liviandad de consultar expertos en
España. Podría sucederme lo que a una paisana que
presumía del apellido paterno y desdeñaba el materno.
Grande fue su estupor cuando le espetaron que su
encopetado apelativo no tenía escudo porque los
sefarditas no tuvieron blasones, hostias. El apellido
venido a menos sí los tenía, y la señora retornó a
Trinidad con un escudo que mandó colgar de su portón. A
los tres días se lo robaron.
Me dijeron que solo necesitaba mi carné para obtener un
pasaporte. Mentira. Al llegar a la plaza sitiada que es
la oficina de Migración, rodeada por el ejército de los
que huyen de un país que no les da oportunidades de
trabajo, un tosco letrero avisaba que con previamente
debía obtener un certificado de antecedentes policiales
y legalizar mi documento de identidad, al que debe
faltarle credibilidad para acreditar quien soy. Hoy y
siempre habrá motivos para abusivos que sangran dinero
de la gente empobrecida.
En la Policía Técnica Judicial, cuya sigla es ahora un
trabalenguas redundante, entretuve la espera de una
larga fila mirando esa juventud que le dará sus mejores
años a otras patrias. Me deprimí con el morbo de
especular cuáles de las muchachas terminarían cuidando
viejitos, cuáles limpiando inodoros, cuáles de esclavas
sexuales. Entonces trabé charla con mi vecino, gallardo
valluno de Cliza: ‘el párroco me lleva a Roma, porque
soy carpintero, tallador de madera’. En eso llegó su
turno y ahora lamento no recomendar que se atiborre de
pampaku, chicharrón y
planchitas, que en Italia se aburrirá de fideos. Y que no pude
consolar su preocupación con el italiano, si poco
entiendo de esa bella lengua, al escuchar la canción
Sono
contento
de Alex Britti, presentada en San Remo 2001.
Entonces se me ocurrió contrastar el drama de la
juventud que se va, con la dieta diaria de
pronunciamientos, amenazas ‘hasta las últimas
consecuencias’ y acciones de hecho, en el contexto del
dedito admonitorio de Evo Morales quejándose, pobrecito,
de trajines sediciosos de la oligarquía. Pues al paso
que vamos, aumentan los oligarcas y pronto serán más, si
el presidente continúa como cojo echándole la culpa al
empedrado, con arengas plazueleras de sindicatero y sin
talante de estadista.
Y será una pena. Al cabo Evo Morales fue elegido por
mayoría absoluta después del deterioro de una clase
política de componendas y talegazos. Y sorprendió el
voto de la clase media, que le privilegió con esperanzas
de una panacea de estabilidad política y buen gobierno.
Cuyo apoyo se desvanece ahora como escritura en arena,
ante el embate de las olas de su incapacidad de gobernar
para todos.
Es preferible una democracia imperfecta al populismo
narcisista al que parece estar encaminado el gobierno.
Pero ambos tienen un común denominador: la debilidad
extrema de la capacidad del Estado de ejercer el
monopolio de la fuerza para hacer cumplir la ley,
atribución que le otorga la Constitución. Es decantación
de varios años de que en aras de la democracia, de
derechos humanos, de movimientos sociales y de enjuiciar
a quienes se les manda imponer orden y luego se les
responsabiliza de las consecuencias, se ha perdido el
norte de la ley en Bolivia. No es cosa de que Evo beba
ahora el trago amargo que otrora embutiera a los
gobiernos que le precedieron. Es cuestión de que se
abrió la tranquera del corral y la novillada empujó, y
luego salió en estampida hacia los campos abiertos de la
anarquía.
Quién devolverá la novillada al corral es hoy la
cuestión que debe afrontarse. No lo hará el gobernante
electo por mayoría absoluta después de casi 5 lustros de
democracia representativa. Anda más en la onda de atizar
el fuego de resentimientos revanchistas y no creo en sus
recientes
jallallas
tácticos a la clase media y los empresarios. Por las
luces que le adornan, era esperanzador el rol
atemperador de García Linera, pero su flamígera proclama
de hace poco mostró la hilacha de su poncho rojo que
oculta el fusil.
La arenga del embajador venezolano es intromisión que
recuerda que el padrino del proceso boliviano es Hugo
Chávez y el abuelo consejero es Fidel Castro. Y lo que
se urde en Bolivia es un populismo autoritario que sigue
receta chavista. Es distinto al capitalismo o el
socialismo moderados, en tanto se basa en la exaltación
politiquera del caudillo, que promete metas económicas
irrealizables, que si bien despiertan las expectativas
populares, fracasan invariablemente por falta de
realismo.
Un amigo me consuela que ya algunos sectores sociales le
vieron la costura a las intenciones del gobierno, que se
desespera temeroso de que la resistencia cunda. Ya
subvirtió los dos tercios de la Ley de Convocatoria a la
Asamblea Constituyente. Ahora se inventa golpes y puede
intentar de todo envalentonado con la oferta de sangre
venezolana. No presten atención a tal hemorragia, dice
mi amigo, porque Chávez no es muy cumplidor de su
palabra; recordando su rendición a los golpistas del 11
de Abril de 2002, tampoco lo distinguió por su valor
personal. Cuba sí tiene experiencia en intervenir en
pleitos ajenos. Y acota mi amigo que Evo Morales sí
puede jugar al Sansón con los filisteos, tumbando el
templo y que cunda el caos. Y que él como caudillo
autocrático, devuelva la novillada al corral, a costo de
la libertad en democracia que se obtuvo hace casi un
cuarto de siglo. Maldito remedio peor que la enfermedad.
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