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Winston
Estremadoiro |
La vergüenza ajena que sentí con el antropólogo que hace
poco “creyó que metió la pata” en la Cancillería, dio
algo de razón a que en un portal de noticias que publica
mis artículos, escribí una glosa sardónica bajo mi foto,
en sentido que soy uno que renunció a la antropología
por desuso y ahora funjo de antropófago, que algo de
come gente tiene quien analiza la coyuntura en esta
sabrosa Bolivia.
Y es que es el colmo de la improvisación que
Cancio Mamani, un antropólogo con maestría en seguridad
alimentaria, sea el Director de Ceremonial del Estado.
Valga este apunte para rebatir su impropia y falaz
generalización ante los diplomáticos acreditados en La
Paz, de que los bolivianos no tienen inteligencia por
mala alimentación; que por ello los indígenas tienen
cerebros reducidos y son deficientes en el plano
intelectual.
Alguna vez lamenté que siendo niños el 38% de los
bolivianos, la desnutrición crónica afecte a un 40.6 %
de su población. Pero cuando por ello aventuré que un
tercio de nuestra población es oligofrénica, un amigo
médico me salió al frente indicando que la deficiencia
mental se debía a otros factores. Los humanos estamos
bendecidos con un cerebro que no se achaparra por las
circunstancias de la miseria, sino porque producto de
ella, se desperdicia su potencial ante la ausencia de
estímulos.
Dudé aún más del designado, al ver que le faltaba la
maskapaicha,
vincha que a guisa de corona usaban los Incas en la
cabeza, en su atuendo de poncho rojo y chicote de cuero
de vaca (traídas por los españoles), más apropiado para
bailar
llamerada
en la Entrada del Gran Poder. Nadie de la Academia
Diplomática le advirtió que terno y corbata son
claudicación acordada de la diversidad en el vestir, a
la que han accedido por mutuo respeto los países del
mundo y sus variopintas culturas. La novedad culinaria
de pastel de quinua y habas tostadas en su ágape, evocó
a un amigo camba, también diplomático improvisado, cuyos
melindres le hacían llenarse de bife, arroz y yuca antes
de concurrir a cócteles de cochinadas, como langostinos
en salsa golf, caviar del mar Caspio y pejivalle relleno
de cangrejo.
Un eminente etnólogo inglés decía que la
antropología es una sociología de indios. ¿Lo de Cancio
no será cuestión de cables cruzados al estudiarse a uno
mismo?, pensé. Entonces recordé a Mauricio Mamani,
sobrio antropólogo aymara iniciado como ayudante de
William Carter, ambos expertos con quienes deberían
desasnarse y sofocar el incendio provocado por ignorar
que los Yungas de Vandiola son área tradicional de
cultivo de coca, centurias antes que el Chapare
privilegiado del presidente Morales.
Pero luego de conocer su gafe, razoné que a un Canciller
yatiri conocido por sus sandeces, tenía que acompañarlo
un antropólogo metepata como Director de Ceremonial del
Estado. Junto a un ministro de Educación que quisiera
ver parir 8 veces en promedio a las mujeres indígenas,
como si dar a luz fuera tan indoloro como hacer del
cuerpo, hoy constituyen un trío étnico que pinta de
risas los cócteles diplomáticos en La Paz. Mientras el
servicio exterior boliviano se revuelca en la
improvisación y la incapacidad.
O es presa de vivillos, me lo recordó Susana Peñaranda.
Como aquel que ejercía de Ministro Consejero en Costa
Rica. Siendo Embajadora, en septiembre 2005 mi amiga
solicitó que se le inicie un proceso. Desde una
computadora de la legación se refocilaba en sitios
pornográficos de Internet, entre los que me sacó una
sonrisa maliciosa uno denominado
“colegialas.desvirginadas.com”. Resultado es que el
cochinillo contagió virus informático a los ordenadores
de la embajada; se zafó del fardo con un ‘informe
técnico’ elaborado por, adivinen, su cuñado. Luego
eludió cargos sobre su afición por el alcohol: no tuvo
peso que un notable embajador en Colombia lo
testificara, ni evidencias de que brillaba por ausente
en la oficina al día siguiente de cada feriado o
festichola, tal vez para evitar ser detectado por el
tufo.
Eso no es todo. La negligencia en cumplir sus funciones
fue demostrada en varias oportunidades. Como aquella en
que se le ordenó, y desobedeció, consultar a gobiernos
centroamericanos pertinentes sobre el naufragio de 4
bolivianos en El Salvador, quizá víctimas de coyoteros
que les llevaban camino a la frontera mexicana. O cuando
arriesgó el derribo de un avión de guerra boliviano,
rehusando cursar las solicitudes de permiso a los países
a sobrevolarse camino a su mantenimiento, aduciendo el
incapaz que él “no sabía cómo se hacía ese trámite”.
Documentos aportados en calidad de prueba de cargo en el
proceso, que luego desaparecieron misteriosamente,
demostraban no sólo que su trabajo fue deficiente en
asuntos de política exterior, sino que boicoteaba
actividades de la Misión, tal como manifiesta un informe
enviado al entonces Canciller Loayza, referente a su
desdén por el comercio exterior.
Se inició el proceso recién 9 meses después de presentar
pruebas documentales. Un año después, como gran cosa se
le castigó con suspensión de un mes sin goce de haberes.
Hoy el vivillo no solo está de vuelta en Costa Rica con
todos sus privilegios, sino que es posible que lo
asciendan a Encargado de Negocios, porque el nuevo
embajador indígena todavía no asume su cargo.
Por ello, ¿cómo
dudar del
contrapunteo entre improvisados que mejor lo harían de
yatiris o bailarines de llamerada y vivillos incapaces
como el tal ministro consejero?
Estando en boga la justicia comunitaria, matarían varios
pájaros de un tiro si actualizaran el cepo colonial en
las plazas. En vez de colmatar cárceles, poner al cepo a
improvisados, vivillos, pegadores de mujeres y otros
truhanes, con el añadido de que los transeúntes,
enterados de sus desmanes, pudiesen chicotearles con
ramas de ortiga en el poto pelado.
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