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Winston
Estremadoiro |
Sin ser
experto en todo lo que escribo, en temas petroleros
proclamo que supero el trance con un poquito de ayuda de
mis amigos, como traduce una canción que más me gusta
cantada por Joe Cocker que por los Beatles. Introito que
es para celebrar, y aquilatar, un decreto de los 3 que
reglamentan la nueva Ley de Hidrocarburos, emitidos por
el Presidente Rodríguez, varón callado que en aplicar la
ley ojala sea de caminar quieto y garrote grande,
citando una frase de Theodore Roosevelt. La ley de
marras salió contusa por los arañazos y mordiscos de la
pelea de perros de su gestación y aprobación en el
Congreso, luego de que el can presidencial anterior
resultara un
poodle
francés cuando el país requería un pastor alemán. No
terminó la ley su penoso nacer, que vociferantes del 50%
de regalías cambiaron tonada a un yaraví tonto de
nacionalizar lo que es nuestro.
Valgan algunas notas al margen sobre el Decreto 28224,
que despierten a la gente de la amnesia sobre YPFB.
Otra obnubilación que cual catarata senil nubla los ojos
de los bolivianos, he hurgado el tema un par de veces, (Medición
y contabilidad en el negocio petrolero,
septiembre 2002;
Medidores de flujo, no candados,
abril 2005). Pienso que lo más prometedor del 28224 es
crear el Centro Nacional de Medición y Control de
Producción y Transporte, ¿CENAMECO?
Un petrolero con quien he compartido tragos y penas en
Santa Cruz, insiste que la vocación primaria del nuevo
YPFB es asegurar que las petroleras paguen lo justo por
impuestos y regalías, sin escamotear un dólar. Esto solo
es posible si se sabe lo que están produciendo; la
exactitud en medidores de flujo es esencial. En los
campos de producción, tales artilugios han sido
calibrados una vez en la última década, cuando deberían
hacerlo cada 3 meses, o, cuando menos, cada semestre.
Ojala que CENAMECO no se meta a calibración y medición
por cuenta propia, lo que las haría tan fáciles de
aceitar como sacar un brevet en Tránsito. Volver a
tiempos del escamoteo, como el descarado de Madrejones,
hace varios años, luego de que se apagara un incendio en
el que ardió una chimenea de gas del tamaño de una casa.
¿Pagó la concesionaria daños al Estado –millones de
metros cúbicos de gas quemados- por la negligencia en
prevenir o solucionar dicho percance? ¿O repartió
talegazos acalladores, desde el Presidente de la
república hasta los ejecutivos de YPFB? Una vez
aceitados los mandamases, tal vez compensando el gasto,
por años tal petrolera despachó petróleo y gas a
Argentina sin control.
Risa sardónica provoca que se
instruya “a las Fuerzas Armadas y a la Policía coordinar
acciones para asegurar que la empresa estatal del
petróleo cumpla su nuevo papel de dirección y
fiscalización del negocio”. Imaginen un paquito
exigiendo a técnicos gauchos de la planta de Margarita
¡so
brivet!
Aquieta mis sospechas si lo que se propone es sentar el
dominio del Estado en los campos petroleros, otorgando
las garantías de conservación y seguridad necesarias:
ojalá pongan fin a los cierres de válvulas de ductos y
ocupaciones de instalaciones petroleras por pelafustanes
sindicales.
Alquimia para trocar corruptos en
millonarios es “asignar recursos para que YPFB pueda
hacer negocios en la cadena de hidrocarburos”. Hay un
conflicto de interés: si un YPFB regulador va a ser
empresa productora otra vez, ¿quién regulará al
regulador? Es meter al zorro en el gallinero, dice mi
amigo; otra vez, digo yo. Un
garganta
profunda
con experiencia en Camiri, Yacuiba y Cochabamba, me
eriza la nuca contándome de latrocinios en YPFB. Desde
la ratería de gasolina de chóferes con cupo diario,
hasta la colusión de capos retribuidos con pegas por
favores a transnacionales.
Tan satanizada la capitalización, pregúntense por qué
los trabajadores de YPFB la aceptaron. Pues porque se
urdió hacerles cómplices con sobornos de disfraz: a
obreros les tocaron unos $25.000, a técnicos más de
$50,000, en acciones de la capitalizada. Luego los
“sucios” vendieron sus valores a un banco, donde movía
los hilos un ejecutivo piola. Quizá por eso, pululan
como chulupis los sindicateros, buscando repetir la
comilona con la nacionalización de hidrocarburos.
Dan para un libro los casos de dolo en
empresas del Estado. Haciéndole competencia desleal a
YPFB, ahí está una empresa de aceites surgida de la
nada, favorecida con ventas forzosas de YPFB de materia
prima para lubricantes. ¿Alguien se acuerda del senador
que apodaron Bencinas, o de algún otro que tuvo que
rajar del país por sus negociados con el diesel? Con la
plata que tienen, volverán a la palestra política
disfrazados de movimientos sociales o de agrupación
ciudadana a favor de nacionalización. ¿Acaso cortan alas
a mayoristas que maman sin licitar una jugosa teta del
precio de los carburantes? ¿Y qué de la repartija
política de vivos de empresas formadas de la noche a la
mañana para instalar gas natural? Su cortedad de miras y
limitaciones de capital frenan llevar gas barato a la
gente.
A
contrapelo de la historia, seguirá la idiota amnesia y
reincidir en que el Estado retome rol empresarial donde
ha sido un fracaso: YPFB volverá a ser la vaca lechera
de los gastos corrientes de gobiernos de turno. En vez
de seguir el ejemplo de una China comunista de 25 años
de privatización y crecimiento del 9% anual, paredón y
cárcel para corruptos de por medio. ¿Privatizará el
gobierno otras 100,000 empresas estatales en los
próximos 5 años?, preguntó Andrés Oppenheimer en China
hace poco. No, la cifra va a ser mucho más alta,
respondió el ejecutivo de la poderosa, y proba, Comisión
Nacional de Desarrollo y Reforma. Claro, allí las
inversiones foráneas han convertido al sector privado en
motor del crecimiento económico y principal fuente de
empleo. Como para ponerse verde de envidia en Bolivia.
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