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Winston
Estremadoiro |
14 de febrero de 2007. Qué más oportuno que pensar en
una eventual guerra con Brasil, 128 años después del
desembarco de tropas chilenas en el puerto boliviano de
Antofagasta. Hoy como entonces, en el país la consigna
era que viva la pepa porque se estaba carnavaleando, al
tiempo que gran parte de la gente sufría por los
desastres naturales: entonces las penurias tenían que
ver con la falta de agua; hoy con tenerla hasta el
cogote.
La conjetura fue provocada por una curiosa noticia,
inmersa en página secundaria de un periódico, cuando la
primera plana hacía alharaca de los avances por la punta
izquierda y tapadas en el ángulo derecho, cual si fuera
un partido de fútbol, de las negociaciones del gas entre
el gobierno de la izquierda carnívora de Evo Morales y
su par de la vegetariana de Lula da Silva, calificativos
de Mendoza, Montaner y Vargas en
El regreso del idiota,
segunda parte del ya clásico
Manual del perfecto
idiota latinoamericano.
La noticia daba cuenta de que Brasil había cerrado su
frontera con la provincia Iténez del Beni. Pensé que
tenía que ver con brotes de fiebre aftosa. Pero no, las
autoridades de Costa Márquez, pueblo brasileño en la
margen oriental del río Guaporé, que también así se
llama el Iténez, cuyo curso es la línea divisoria en
poco más de un tercio de la extensa frontera común,
cerraron el paso fronterizo el 8 de febrero, tras un
incidente militar.
Miéchica, soñé, así se la hicieron a Polonia
en 1939, cuando Alemania lanzó su
blitzkrieg
contra la caballería polaca, iniciando la II Guerra
Mundial. Los soviéticos, dizque para poner más terreno
entre los blindados nazis y Moscú, pero más por golosos
y abusivos, se unieron al banquete comiendo la parte
oriental del mapa polaco. Pueden haber cambiado los
tiempos, pero ¿qué tal si Lula y su colega chilena,
ambos de la izquierda vegetariana, se hubieran puesto de
acuerdo para poner coto a los zurdos carnívoros en el
centro del continente, que tiene en Bolivia una
avanzadilla del mesiánico forrado de petrodólares de
Venezuela?
Menos mal que todo quedó en honroso empate en cancha
ajena. Aún frunciendo el ceño por el estilo gobiernista
de dar cuenta cual si fuera un play-by-play futbolero,
sin trasfondo histórico ni implicancia geopolítica,
arqueo las cejas reconociendo lo efectivo de la
negociación directa entre Evo Morales y Lula da Silva.
Parecía que apenas se lograría aumentar el vergonzoso
precio del gas a Cuiabá, cuyos entretelones chuecos
habría que investigar. No es poca cosa obtener
incrementos de cerca de $150 millones de dólares
anuales, además de un plan de cooperación para instalar
un polo petroquímico en la frontera de ambos países, de
un Brasil cuya diplomacia está acostumbrada a salirse
con la suya, desde que amenazaran entrarse a la
Chiquitania en 1828 y el Mariscal Sucre les jaqueara la
movida.
Se tiene un buen puntero izquierdo en el Presidente,
pero la diplomacia boliviana sigue en manos inexpertas,
tanto más si sus embajadas son ahora refugio de ineptos
ex ministros. ¿Qué otra cosa da para pensar, si el
canciller de Brasil invita a su homólogo boliviano, que
quizá haría mejor de cardenal de algún culto animista
aymara, a “conocer
el proyecto para la construcción de dos represas
hidroeléctricas en la zona fronteriza”? No es solo el
bochorno de que entre líneas Amorim diga zonzo a
Choquehuanca. La sandez provino del canciller boliviano,
quien 15 días antes de la reunión en Brasilia para
definir el precio del gas, le dirigió una carta,
preocupado de los posibles efectos de las
hidroeléctricas: la inundación de una zona donde se
concentra la producción de castaña (sic), con posible
baja del potencial pesquero (¿por ahogamiento?), y "la
inundación de Cachuela Esperanza, lo que inviabiliza el
proyecto” (ni que fuera La Paz).
Desde abril 2003 redoblo el tambor sobre el
asunto. Entonces anoté
que la IV Reunión de la Comisión Mixta de Energía
Brasil-Bolivia, trató el “desarrollo conjunto de plantas
hidroeléctricas en la frontera boliviano-brasileña, así
como la navegabilidad del Río Madeira, en la frontera de
ambos países”. Con canales de curso paralelo, cavados
para las hidroeléctricas, se posibilitaría la
navegabilidad de los ríos Beni, Mamoré y Madeira. Ya en
1830 lo anotaba D’Orbigny: “como esos rápidos ofrecen
solo pequeñas diferencias de nivel, bastaría con
construir en los pasos más difíciles un pequeño canal
paralelo al río y colocar en él una esclusa”. Y
Melgarejo en 1867, cuando Brasil hizo primar una
ocupación de hecho en territorio boliviano, obtuvo a
cambio derecho de libre navegación al Atlántico,
navegación en el río Madeira y uso de vías aguas arriba
de las cachuelas.
En noviembre 2004, anoté que la FURNAS brasileña de
electricidad terminaría pronto los estudios de
viabilidad para un complejo hidroeléctrico de $4.500
millones de dólares: construir 2 proyectos en el Madeira,
un río con 7.000 MW de potencial, con un valor en
energía de más de $827 millones por año, encima de la
mitad de los 12.600 MW de Itaipú, la represa construida
por Brasil y Paraguay.
Lo que fue conjunto entre Brasil y Bolivia, es hoy una
posible graciosa concesión de parte del poderoso vecino.
Poco importa que sea la oportunidad de sembrar el gas en
un proyecto que generaría millones en venta de energía.
Marchan los marinos de agua dulce, pero desdeñan la
ocasión de navegar al Atlántico. Soslayan la oportunidad
de uncir el humilde carretón boliviano a la carroza
brasileña en producir biodiésel, que aparte de
preservarla, hará de la Amazonía una cornucopia de un
combustible renovable.
Los proyectos brasileños del río Madeira se harán a
pesar de pataleos del gobierno boliviano. Al cabo, en
vez de asesorarse con gente que sabe de historia e
informes, el canciller quizá está enseñándoles a leer en
arrugas de vejetes.
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