Winston Estremadoiro

Tirios y troyanos del opio del pueblo

Abril 2007

 

No, no trataré sobre la Guerra de Troya ni de la heroica defensa de 300 espartanos en el paso de las Termópilas, que están de moda en un film en que miles de combatientes son réplicas digitales, remplazando a extras que daban vueltas a la cámara, una y otra vez, dando impresión de ser multitud. Atribuyen a Marx decir que la religión es el opio del pueblo, pero hoy existen varios estupefacientes que se le ponen al frente. No sé cual es peor, si los pregoneros de la belleza o los apóstoles del cambio en populismo autocrático. Pero entre los mercaderes de ilusiones, dicho dúo está entre los que llenan mi copa de bilis.   

 

Cuando denuesto a gurus de la apariencia no toco a la admiración afectuosa que siempre ha merecido la belleza, con extremos en el mundo antiguo que algún pechoño censuraría hoy. Hablo del gran negocio del mercado de la carne, donde lo comercial y lo chanchullero se entrelazan y desvirtúan la belleza física en sí. ¿Qué más comercial que princesas de carnaval infantil en primaria, reinas de comparsa en secundaria, luego aspirantes a miss lo que sea o a magníficas de la pasarela, cuya mano de barniz aguado en cultura general solo da para respuestas jocosas o simplonas en concursos de belleza? ¿Qué más chanchullero que los labios mordelones de colágeno, los senos altaneros y las nalgas orondas de silicona, amén de otras engañapichanga del sobreuso o de la vejez, que hoy ofrecen plastias y liposucciones?

 

Una red de televisión más bien amarillista, que en vuelques de bus por chofer ebrio, enfoca cámaras en cadáveres y reporteros preguntan si les duele algo a los heridos, merecía mi simpatía por ser candidata a la versión boliviana del canal opositor venezolano que Hugo Chávez cerrara al no renovar su licencia. No va más. La frivolidad ridícula de su cobertura de una ‘boda del siglo’, arrogándose derechos exclusivos como si se tratara del enlace de ET con la Pata Daisy, los hace proveedores del narcótico del pueblo en que puede convertirse la liviandad extrema en los medios de comunicación. 

 

Celebré una acotación del Cardenal Terrazas, de que es buena hora de que sectores sociales y gobiernistas no pidan agua bendita para solucionar conflictos. Porque aunque sea símil marxista que la religión sea opio del pueblo, con esa dosis de falacia y media verdad que caracteriza a la jerigonza del cambio en el gobierno, no ruborizan de vergüenza al momento de pedir socorro cuando la cosa se pone fea, a la Iglesia Católica que vituperan.

 

Tal contrasentido es telón de fondo para abordar el mayor de los estupefacientes del pueblo en estos tiempos: la levadura de los avances en los medios de comunicación modernos, mezclada en la harina de la propaganda de los regímenes autocráticos. Levanta hasta el extremo el efecto narcotizante de la nebulosa en que se tiene a las mayorías ignorantes. El 1984 de la novela satírica de la sociedad totalitaria, en la cual George Orwell en 1949 hiciera una descripción aterradora del omnipresente Gran Hermano, está atrasado menos de un cuarto de siglo.

 

Porque si hay una lección bien aprendida que injertos de marxismo como el estalinismo, el maoísmo y el castrismo aprendieron bien de sus primos hermanos nazi-fascistas, es el culto al líder y la propaganda como narcotizante de las masas. Hace poco se manifestó en La Paz, en docenas de banderas de todo tamaño -destacando una tricolor flanqueada por advenedizas whipalas-, veintenas de gigantografías y centenares de globos de helio, con que un endiosado Gran Hermano Evo festejó una nacionalización trucha en realidad, pero sacramentada por la propaganda.   

 

Fue precedida por la inauguración, en la madrugada del 1 de mayo, del llamado Sistema Nacional de Radios de los Pueblos Originarios, conectado a su vez con la Red Patria Nueva, copiada de la versión bolivariana venezolana y ligada a la estatal Radio Illimani de La Paz. Son 26 emisoras cuya base estará en la cocalera Lauca Ñ. Evo Morales aseveró que con esta red, los pueblos se conocerán, mejorarán sus condiciones de vida, su educación y defenderán su cultura. ¿Será la cultura de la mamá coca emporrada a la cocaína, la que será defendida por mestizos que nada tienen de originarios en el chapareño Lauca Ñ? ¿Hablará la lengua Uru el locutor que atenderá la radio en Orinoca, para atender a los 2.500 Chipaya, Murato e Iruito, pueblos siempre avasallados por los aymara? Y el año próximo nos embutirán televisión ‘originaria’: ¿será para transmitir en vivo y directo esos tirar de barrancos o cortar trenzas a mujeres adúlteras, pero ni una nalgada a la mitad machista del acoplamiento?

 

No se dejen engatusar por el opio propagandístico: la red será caja de resonancia de las engañifas del régimen. Mostrarán gema preciosa en piedras de atraso del país, como al ensalzar ‘movimientos sociales’ digitados, mientras sirvan a sus designios de poder. Las radios serán pututu con megáfono inserto para convocar a turbas aleccionadas, como en la reciente algarada para presionar al Tribunal Constitucional. Mientras tanto, Bolivia está en la zaga latinoamericana del atractivo de inversiones en infraestructura, detrás de Chile, Brasil, Colombia, Perú, México, Uruguay, El Salvador, Guatemala, Argentina y Venezuela.

 

         Ante tanta insensatez que parece tener anestesiados hasta a los conscientes que se preocuparían por la dictadura que se viene encima, me refugio en un piano bar imaginario, escuchando, conmovido, a Diana Krall cantando Why Should I Care. Como dice esa canción, cuestiono por qué me debiera importar, maldita sea. Y me acuerdo de un tío mío al que llevaron a Chicago para una revisión médica. ¿Bebe?, preguntó el galeno. Media botella diaria de whisky, contestó. A la larga, tanto escocés le hará daño, pontificó el matasanos. Cómo que a la larga, despotricó Juan Gumucio Bessand, ¡si tengo 83 años!

 

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