No, no trataré sobre la Guerra de Troya ni
de la heroica defensa de 300 espartanos en
el paso de las Termópilas, que están de moda
en un film en que miles de combatientes son
réplicas digitales, remplazando a extras que
daban vueltas a la cámara, una y otra vez,
dando impresión de ser multitud. Atribuyen a
Marx decir que la religión es el opio del
pueblo, pero hoy existen varios
estupefacientes que se le ponen al frente.
No sé cual es peor, si los pregoneros de la
belleza o los apóstoles del cambio en
populismo autocrático. Pero entre los
mercaderes de ilusiones, dicho dúo está
entre los que llenan mi copa de bilis.
Cuando denuesto a gurus de la apariencia no
toco a la admiración afectuosa que siempre
ha merecido la belleza, con extremos en el
mundo antiguo que algún pechoño censuraría
hoy. Hablo del gran negocio del mercado de
la carne, donde lo comercial y lo
chanchullero se entrelazan y desvirtúan la
belleza física en sí. ¿Qué más comercial que
princesas de carnaval infantil en primaria,
reinas de comparsa en secundaria, luego
aspirantes a miss lo que sea o a magníficas
de la pasarela, cuya mano de barniz aguado
en cultura general solo da para respuestas
jocosas o simplonas en concursos de belleza?
¿Qué más chanchullero que los labios
mordelones de colágeno, los senos altaneros
y las nalgas orondas de silicona, amén de
otras engañapichanga del sobreuso o de la
vejez, que hoy ofrecen plastias y
liposucciones?
Una red de televisión más bien amarillista,
que en vuelques de bus por chofer ebrio,
enfoca cámaras en cadáveres y reporteros
preguntan si les duele algo a los heridos,
merecía mi simpatía por ser candidata a la
versión boliviana del canal opositor
venezolano que Hugo Chávez cerrara al no
renovar su licencia. No va más. La
frivolidad ridícula de su cobertura de una
‘boda del siglo’, arrogándose derechos
exclusivos como si se tratara del enlace de
ET con la Pata Daisy, los hace proveedores
del narcótico del pueblo en que puede
convertirse la liviandad extrema en los
medios de comunicación.
Celebré una acotación del Cardenal Terrazas,
de que es buena hora de que sectores
sociales y gobiernistas no pidan agua
bendita para solucionar conflictos. Porque
aunque sea símil marxista que la religión
sea opio del pueblo, con esa dosis de
falacia y media verdad que caracteriza a la
jerigonza del cambio en el gobierno, no
ruborizan de vergüenza al momento de pedir
socorro cuando la cosa se pone fea, a la
Iglesia Católica que vituperan.
Tal contrasentido es telón de fondo para
abordar el mayor de los estupefacientes del
pueblo en estos tiempos: la levadura de los
avances en los medios de comunicación
modernos, mezclada en la harina de la
propaganda de los regímenes autocráticos.
Levanta hasta el extremo el efecto
narcotizante de la nebulosa en que se tiene
a las mayorías ignorantes. El
1984
de la novela satírica de la sociedad
totalitaria, en la cual George Orwell en
1949 hiciera una descripción aterradora del
omnipresente Gran Hermano, está atrasado
menos de un cuarto de siglo.
Porque si hay una lección bien aprendida que
injertos de marxismo como el estalinismo, el
maoísmo y el castrismo aprendieron bien de
sus primos hermanos nazi-fascistas, es el
culto al líder y la propaganda como
narcotizante de las masas. Hace poco se
manifestó en La Paz, en docenas de banderas
de todo tamaño -destacando una tricolor
flanqueada por advenedizas whipalas-,
veintenas de gigantografías y centenares de
globos de helio, con que un endiosado Gran
Hermano Evo festejó una nacionalización
trucha en realidad, pero sacramentada por la
propaganda.
Fue precedida por la inauguración, en la
madrugada del 1 de mayo, del llamado Sistema
Nacional de Radios de los Pueblos
Originarios, conectado a su vez con la Red
Patria Nueva, copiada de la versión
bolivariana venezolana y ligada a la estatal
Radio Illimani de La Paz. Son 26 emisoras
cuya base estará en la cocalera Lauca Ñ. Evo
Morales aseveró que con esta red, los
pueblos se conocerán, mejorarán sus
condiciones de vida, su educación y
defenderán su cultura. ¿Será la cultura de
la mamá coca emporrada a la cocaína, la que
será defendida por mestizos que nada tienen
de originarios en el chapareño Lauca Ñ?
¿Hablará la lengua Uru el locutor que
atenderá la radio en Orinoca, para atender a
los 2.500 Chipaya, Murato e Iruito, pueblos
siempre avasallados por los aymara? Y el año
próximo nos embutirán televisión
‘originaria’: ¿será para transmitir en vivo
y directo esos tirar de barrancos o cortar
trenzas a mujeres adúlteras, pero ni una
nalgada a la mitad machista del
acoplamiento?
No se dejen engatusar por el opio
propagandístico: la red será caja de
resonancia de las engañifas del régimen.
Mostrarán gema preciosa en piedras de atraso
del país, como al ensalzar ‘movimientos
sociales’ digitados, mientras sirvan a sus
designios de poder. Las radios serán
pututu
con megáfono inserto para convocar a turbas
aleccionadas, como en la reciente algarada
para presionar al Tribunal Constitucional.
Mientras tanto, Bolivia está en la zaga
latinoamericana del atractivo de inversiones
en infraestructura, detrás de Chile, Brasil,
Colombia, Perú, México, Uruguay, El
Salvador, Guatemala, Argentina y Venezuela.
Ante tanta insensatez que parece tener
anestesiados hasta a los conscientes que se
preocuparían por la dictadura que se viene
encima, me refugio en un piano bar
imaginario, escuchando, conmovido, a Diana
Krall cantando Why Should I Care.
Como dice esa canción, cuestiono por qué me
debiera importar, maldita sea. Y me acuerdo
de un tío mío al que llevaron a Chicago para
una revisión médica. ¿Bebe?, preguntó el
galeno. Media botella diaria de whisky,
contestó. A la larga, tanto escocés le hará
daño, pontificó el matasanos. Cómo que a la
larga, despotricó Juan Gumucio Bessand, ¡si
tengo 83 años!