Hace semanas cavilo sobre un clarinazo con
el sucinto título de arriba. Aclaro que no
es peyorativo, al tratarse de un mestizo,
cualidad que biológica y/o culturalmente une
-no separa- a los bolivianos, que devino a
mandatario elegido por un electorado cansado
de una burguesía parasitaria, agotado de
pillastres dedicados a la política como
medio de enriquecimiento rápido, no de
vocación de bien público.
Entonces una amiga, Constituyente
oficialista ella, me alborotó los
petos, como en el oriente boliviano llamamos a
las avispas. En vez de insuflar esperanzas
de que la Asamblea Constituyente no sea otra
mamada venezolana del gobierno, siendo que
hasta ahora no ha consensuado ni una coma,
me rebotó un correo algo incitador. Era una
reflexión enviada por un ciudadano bien
intencionado, en sentido de que nuestros
males no están solo en ese endémico mal
gobierno que nos aflige, sino en la materia
prima de la calidad ética de los bolivianos.
Lo provocativo fue la respuesta de un
senador del MAS, botón de muestra de
k’aras
en el gobierno y pareja de un regante
pirómano de prefecturas disidentes. Mereció
mi atención porque es un mejunje de lo que
precisamente criticaba la reflexión sobre la
madera de los bolivianos, deformada por la
humedad del raquitismo ético, o carcomida
por las termitas de la corrupción, o afeada
por la manchosa adulonería en la política.
No podré tocar todas las burradas, pero le salgo al
frente a las que quepan en este artículo.
Primero, porque no son “nimias ni mínimas
las fallas” de los bolivianos anotadas en la
reflexión, “considerando
la gran revuelta de cambio y progreso
histórico que vamos forjando en un año y
cuatro meses de verdadera, inicial,
transformación de Nuestra Bolivia, gracias
al gobierno de Evo Morales Aima” (llunquerío
puro). ¿Cómo va a ser sin importancia que
ensalcen a vivillos que se hacen ricos de la
noche a la mañana sin trabajar, y se desdeñe
la formación de familias en base a valores
como el respeto a los demás? ¿En Bolivia es
mínima acaso la deshonestidad de pequeñas
raterías, de licencias para conducir y
certificados médicos que se compran, que
luego progresan a cobro por avales, sobornos
que obtienen votos en el Congreso y
latrocinios de alto vuelo en negociados del
Estado?
Segundo, si la clase media votó por Evo
Morales, es
exagerado decir que “toda nuestra clase
media,
nuestra arcilla humana, aun no está en
condiciones de aceptar, colaborar y mucho
menos de comprometerse con la transformación
revolucionaria que se prepara este año y los
próximos.” En el contexto actual de
improvisaciones y acciones impulsivas, más
por efectos mediáticos que por logros
reales, que luego tienen que suavizarse en
penosos quiebres de cola de los mandamases,
¿de qué transformaciones habla?
Tercero, es mentira el que “no existe la
posibilidad de otro escenario.” ¿No se ha
enterado el senador de variantes de cambio
en Brasil y Chile, sosegadas pero
sistemáticas y efectivas? ¿No sabe del
astuto pareo de socialismo político y
liberalismo económico, que está haciendo una
potencia mundial de China?
Cuarto, es melodrama sentenciar que, “o
avanzamos triunfalmente o damos marcha
atrás, a revender el país”: ¿acaso no se
está pasando de la dependencia gringa a la
subyugación caribeña?; a “cambiar de bandera
nacional”: ¿quiénes flamean el mamotreto de
la tricolor cosida a la advenediza whipala?;
“a sustituir el idioma”: ¿no será el español
que hablan 90% de los bolivianos y 50% de
latinoamericanos? El trastoque mentiroso de
la historia ¿acaso no es obra de ideólogos
de ‘originarismos’
falaces de paraísos incaicos o aymaras que
nunca existieron?
Quinto, la reflexión bien intencionada
censura como malos bolivianos a congresistas
que trabajan unos pocos días al año, se dan
el aire de Catones en otro tanto, pero
cobran como altos ejecutivos todos los
meses. ¿No será el senador grandilocuente
uno de ellos, al denostar a emigrantes que
parten a otras tierras, “cortando trenzas y
cambiando pollera a su madre, a su esposa, a
sus hijas; cambiando las abarcas por
calzados”, sin compadecerse que tales son
sacrificios de afligidos compatriotas que
buscan recuperar su dignidad con empleos
foráneos que la patria les niega?
Es tapar el sol con un dedo negar que Evo
Morales llegó al poder en andas de huestes
cocaleras bien aviadas por el circuito
coca-cocaína. Que hizo un instrumento
político de sigla comprada, sin programa, ni
prioridades, ni cuadros políticos, salvo
variopintos caciques de turbas endiosadas
hoy bajo el rótulo de ‘movimientos
sociales’. Que su discurso encubre
etnocentrismo de corte aymara, con el
ridículo proyecto de dividir el país en 36
‘naciones originarias’. Que la insania llega
al extremo de propugnar que declaren
oficiales a 38 lenguas: 6 de las cuales son
conocidas por menos de 100 infelices, 9 son
habladas por menos de 500 personas y otras
10 por menos de 10.000 habitantes. Todo
mientras el 37,5% de los bolivianos habla un
idioma nativo y español, lengua franca en
que se entiende otro 50,5%.
Tales son obtusas prioridades de cambio en
esta patria con nota deficiente en por lo
menos 4 áreas para merecer título de
soberana: una, efectivo control de su
territorio; dos, voluntad de imponer
equitativo acatamiento de derechos y
obligaciones en todos sus ciudadanos; tres,
vigencia y respeto a sus instituciones; y
cuatro, capacidad para dar empleo digno,
salud y educación a sus gentes.
Con panegíricos como los del senador de
marras, es evidente que lo que cambia son
las moscas, no la bosta. Y a pesar de la
propaganda y de los adulones, lo nuevo en el
liderazgo actual no existe, sino que es más
de lo mismo. Si se salen con la suya con el
prorroguismo autoritario y antidemocrático,
serán otros 20 años perdidos a la insensatez
de la ignorancia, el fanatismo y la tiranía.
Evo, ¿nuevo?, ¡huevo!