Tratando de imbuirme de la buena costumbre
de caminar, me encontré con un literato de
prosa deliciosa en forma y contenido.
Intercambiamos quejas usuales de
escribidores, que me recuerdan al ritual de
los canes que se olisquean mutuamente el
trasero, mientras menean la cola
amistosamente.
Un poco quizá porque soy camba, variante
amazónica para ser exacto, mi amigo abundó
en ponderar lo bien que se trata a los
visitantes en Santa Cruz de la Sierra,
especialmente a los del occidente boliviano.
Es ley del cruceño la hospitalidad, retruqué
yo, sin sustraerme a compartir viñetas de
admiración de la capital del oriente
boliviano, cuyos recientes eventos
culturales –Feria del Libro y Festival de
Teatro, más su Festival de Cine y su
descentralizado Festival de Música Barroca-,
van desenturbiando las aguas de percibir
esta parte de Bolivia solo como tierra
alegre de carnaval y mujeres lindas.
Es bueno recordar que
Santapué,
abreviatura cariñosa que algún día será el
equivalente al
Sampa
de São Paulo que cantara Caetano Veloso en
1976,
también es la capital de la media luna, ese
conglomerado de Santa Cruz, Beni, Pando y
Tarija, que suman el 62.4% de los 1.098.581
Km2 del territorio boliviano, atrincherados
en defender las autonomías departamentales,
que fuera aprobada mayoritariamente en esos
departamentos mediante referéndum
vinculante.
Creo que en la trinchera de las autonomías
departamentales se juega algo más que
revertir los males del centralismo. Para
empezar, hoy Santa Cruz es baluarte contra
el avasallamiento político de un variopinto
movimiento que, es bueno recordar, llegó al
poder gracias a una dieta sediciosa de
picante mixto de paros, huelgas y bloqueos
de turbas aleccionadas, financiada con
recursos foráneos, rociada con el vino
rancio de la desconfianza de políticos de
componendas corruptas. Mala leche, de la
sartén se cayó a las brasas. Porque el
régimen actual en Bolivia sigue un libreto
populista venezolano, que en la patria de
Bolívar ha desembocado en una impostura
totalitaria caribeña. No se notan
diferencias en esencia con el rumbo que está
tomando su vástago andino boliviano.
Al avasallamiento político subyace un
designio de vasallaje económico, la segunda
punta del triángulo hegemónico, vislumbrado
en la resistencia a ceder los privilegios
del centralismo, que no es otra cosa que un
colonialismo interno del actual centro de
poder político en la sede de gobierno. No es
solo cuestión de que Santa Cruz sea hoy la
locomotora productiva de Bolivia. Miren el
hecho incontrovertible de que en la llamada
media luna están gran parte de los recursos
hidrocarburíferos del país. Que el
transporte de 48.000 millones de toneladas
de hierro del Mutún acarrearán
inevitablemente que el segundo puerto
marítimo del país (el primero es Puerto
Aguirre), sea una realidad en Puerto Busch,
sobre el río Paraguay. Que las
hidroeléctricas en el río Madeira permitirán
navegar del Beni al Atlántico. En suma, que
el oriente boliviano será el nuevo centro de
gravedad de Bolivia.
El avasallamiento étnico es la otra punta
del triángulo de imposturas hegemónicas. El
régimen de Evo Morales empezó por hurgar la
llaga del regionalismo, que trasluce en
Bolivia en la dicotomía colla-camba. Que hoy
no es más que la rivalidad entre un oriente
autonómico y un occidente centralista. Luego
vino la idea maquiavélica de dividir para
reinar: ¿qué mejor medio de ocultar la
impostura de la hegemonía aymara, tras la
máscara de la peregrina idea de 36
nacionalidades indígenas autónomas? ¿Se le
ocurriría a Colombia dividirse en
departamentos sobre la base de sus 70 grupos
indígenas? Ni a Hugo Chávez le pasa por la
alocada cabeza crear un estado autónomo del
territorio de los indios Warao del delta del
Orinoco, que estudiara mi recordado profesor
Johannes Wilbert.
No hay peor forma de prejuicio encubierto
que la condescendencia. Hoy es rasgo del
discurso vicepresidencial, quizá porque la
ignorancia atrevida de los dizque
‘originarios’ le tiene acoquinado, por un
lado, por tener rasgos fenotípicos
‘blancoides’ en entorno de mestizos
acomplejados y racistas al revés; por otro,
porque es confeso lector en mar de
intolerantes que favorecen leer en hojas de
coca, en vez de menospreciados libros.
Condescendencia es la que exhibe el
Vicepresidente al arengar a los aymaras que
oculten su fusil vengativo en los ponchos
rojos.
En última instancia, son contracciones de
una labor de parto de una nueva Bolivia.
Angustia no saber todavía si será uno
natural o si requerirá el bisturí de una
cesárea de conflagración nacional, que de
ocurrir no será solo un pleito nuestro. A
esta segunda opción parece apostar un
gobierno que aprieta, vuelta a vuelta, la
tuerca de la intolerancia étnica en su
intención de crear un Estado plurinacional
de 36 compartimientos balcanizados. Es un
divide ut regnes,
donde bien se sabe que la hegemonía será
aymara, porque la mayoría de las otras
“naciones” no llenan ni un estadio.
A pesar de todo, el parto natural sigue
su curso para lograr un país unitario, pero
con autonomías departamentales. Dice el INE
que de todas las capitales, Santa Cruz de la
Sierra es el imán que más migrantes atrae:
el año 2000 sobrepasó el millón de
habitantes y en seis años la cifra aumentó
al millón y medio; el 2008 llegará a los dos
millones de habitantes. Y el año 2010 será
Santa Cruz el departamento más poblado de
Bolivia, con más de 3 millones de
habitantes.
Tal migración interna es el mejor referéndum
aprobatorio del pueblo boliviano de la
visión oriental autonomista de un país
productivo, primero, y equitativo, después.
Es la mayor derrota de obsoletos esquemas
gobiernistas copiados de afuera, o a
imposturas en base a falacias étnicas
balcanizantes, en una Bolivia donde el
mestizaje cultural y biológico es la
verdadera mayoría.