Winston Estremadoiro

Triángulo de imposturas hegemónicas

Junio 2007

winstonest@yahoo.com.mx

 

 

Tratando de imbuirme de la buena costumbre de caminar, me encontré con un literato de prosa deliciosa en forma y contenido. Intercambiamos quejas usuales de escribidores, que me recuerdan al ritual de los canes que se olisquean mutuamente el trasero, mientras menean la cola amistosamente.

 

Un poco quizá porque soy camba, variante amazónica para ser exacto, mi amigo abundó en ponderar lo bien que se trata a los visitantes en Santa Cruz de la Sierra, especialmente a los del occidente boliviano. Es ley del cruceño la hospitalidad, retruqué yo, sin sustraerme a compartir viñetas de admiración de la capital del oriente boliviano, cuyos recientes eventos culturales –Feria del Libro y Festival de Teatro, más su Festival de Cine y su descentralizado Festival de Música Barroca-, van desenturbiando las aguas de percibir esta parte de Bolivia solo como tierra alegre de carnaval y mujeres lindas.

 

Es bueno recordar que Santapué, abreviatura cariñosa que algún día será el equivalente al Sampa de São Paulo que cantara Caetano Veloso en 1976, también es la capital de la media luna, ese conglomerado de Santa Cruz, Beni, Pando y Tarija, que suman el 62.4% de los 1.098.581 Km2 del territorio boliviano, atrincherados en defender las autonomías departamentales, que fuera aprobada mayoritariamente en esos departamentos mediante referéndum vinculante.

 

Creo que en la trinchera de las autonomías departamentales se juega algo más que revertir los males del centralismo. Para empezar, hoy Santa Cruz es baluarte contra el avasallamiento político de un variopinto movimiento que, es bueno recordar, llegó al poder gracias a una dieta sediciosa de picante mixto de paros, huelgas y bloqueos de turbas aleccionadas, financiada con recursos foráneos, rociada con el vino rancio de la desconfianza de políticos de componendas corruptas. Mala leche, de la sartén se cayó a las brasas. Porque el régimen actual en Bolivia sigue un libreto populista venezolano, que en la patria de Bolívar ha desembocado en una impostura totalitaria caribeña. No se notan diferencias en esencia con el rumbo que está tomando su vástago andino boliviano.    

 

Al avasallamiento político subyace un designio de vasallaje económico, la segunda punta del triángulo hegemónico, vislumbrado en la resistencia a ceder los privilegios del centralismo, que no es otra cosa que un colonialismo interno del actual centro de poder político en la sede de gobierno. No es solo cuestión de que Santa Cruz sea hoy la locomotora productiva de Bolivia. Miren el hecho incontrovertible de que en la llamada media luna están gran parte de los recursos hidrocarburíferos del país. Que el transporte de 48.000 millones de toneladas de hierro del Mutún acarrearán inevitablemente que el segundo puerto marítimo del país (el primero es Puerto Aguirre), sea una realidad en Puerto Busch, sobre el río Paraguay. Que las hidroeléctricas en el río Madeira permitirán navegar del Beni al Atlántico. En suma, que el oriente boliviano será el nuevo centro de gravedad de Bolivia.   

  

El avasallamiento étnico es la otra punta del triángulo de imposturas hegemónicas. El régimen de Evo Morales empezó por hurgar la llaga del regionalismo, que trasluce en Bolivia en la dicotomía colla-camba. Que hoy no es más que la rivalidad entre un oriente autonómico y un occidente centralista. Luego vino la idea maquiavélica de dividir para reinar: ¿qué mejor medio de ocultar la impostura de la hegemonía aymara, tras la máscara de la peregrina idea de 36 nacionalidades indígenas autónomas? ¿Se le ocurriría a Colombia dividirse en departamentos sobre la base de sus 70 grupos indígenas? Ni a Hugo Chávez le pasa por la alocada cabeza crear un estado autónomo del territorio de los indios Warao del delta del Orinoco, que estudiara mi recordado profesor Johannes Wilbert.  

 

No hay peor forma de prejuicio encubierto que la condescendencia. Hoy es rasgo del discurso vicepresidencial, quizá porque la ignorancia atrevida de los dizque ‘originarios’ le tiene acoquinado, por un lado, por tener rasgos fenotípicos ‘blancoides’ en entorno de mestizos acomplejados y racistas al revés; por otro, porque es confeso lector en mar de intolerantes que favorecen leer en hojas de coca, en vez de menospreciados libros. Condescendencia es la que exhibe el Vicepresidente al arengar a los aymaras que oculten su fusil vengativo en los ponchos rojos.

En última instancia, son contracciones de una labor de parto de una nueva Bolivia. Angustia no saber todavía si será uno natural o si requerirá el bisturí de una cesárea de conflagración nacional, que de ocurrir no será solo un pleito nuestro. A esta segunda opción parece apostar un gobierno que aprieta, vuelta a vuelta, la tuerca de la intolerancia étnica en su intención de crear un Estado plurinacional de 36 compartimientos balcanizados. Es un divide ut regnes, donde bien se sabe que la hegemonía será aymara, porque la mayoría de las otras “naciones” no llenan ni un estadio.  

 

    A pesar de todo, el parto natural sigue su curso para lograr un país unitario, pero con autonomías departamentales. Dice el INE que de todas las capitales, Santa Cruz de la Sierra es el imán que más migrantes atrae: el año 2000 sobrepasó el millón de habitantes y en seis años la cifra aumentó al millón y medio; el 2008 llegará a los dos millones de habitantes. Y el año 2010 será Santa Cruz el departamento más poblado de Bolivia, con más de 3 millones de habitantes.

 

Tal migración interna es el mejor referéndum aprobatorio del pueblo boliviano de la visión oriental autonomista de un país productivo, primero, y equitativo, después. Es la mayor derrota de obsoletos esquemas gobiernistas copiados de afuera, o a imposturas en base a falacias étnicas balcanizantes, en una Bolivia donde el mestizaje cultural y biológico es la verdadera mayoría.

 

 

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