No soy lo que se dice un atleta y de futbolista confieso
limitaciones. Algo tuvo que ver que varios
años antes de que en 1963 Bolivia ganara en
Cochabamba su primer Campeonato
Sudamericano, en final de festín de goles
con Brasil (4-3), había quemado mi banderín
de hincha de River Plate y dejado de leer
El Gráfico, todo por el despliegue amarillista de sus titulares de “Pozo
Negro en La Paz”
y fotos de llamas e indios del estereotipo
andino de Bolivia. Fue después de que
Bolívar goleara 5 a 2 a los millonarios de
Carrizo, Labruna y Rossi; este último,
malcriado centrocampista, de bronca bajó sus
calzones y agachándose mostró su luna
partida al público del estadio Hernando
Siles.
No se me habían cruzado por la sesera estos recuerdos, hasta
que una tertulia de amigos demostró que el
fútbol es quizá el cuarto tema -los otros
son sexo, religión y política- de grandes
disquisiciones. Y que la interrelación de
ellos brinda interesantes entretelones.
Consideren la altura y la memoria. Hasta un
impoluto Pelé la perdió al unirse al coro de
los fariseos, al olvidar que su talento no
fue menoscabado cuando con el Santos hizo un
bello gol de chilena, registrado en una
fotografía con mi Kodak juvenil, en un
partido en que golearon en La Paz. Años más
tarde, en repechaje mundialista, una Hungría
sin Puskas no se quejó de la altura al ganar
6-0 en La Paz al seleccionado boliviano.
Véanse entretelones del fútbol y la
adaptación:
el problema de la altura es solucionable con
asentar a los atletas. El balompié
profesional es práctica de jóvenes en
espléndida condición física, cuando no les
perjudica, en Potosí o París, una noche
previa de tabaco, ron y mujeres. No son el
rechoncho Blatter, ni un guatón Maradona
apenas de
showbol,
los que deben aguantar 90 minutos en los
3.600 metros de La Paz o los 40º C a la
sombra de Recife, donde Bolivia y Brasil
jugaron eliminatorias del último Mundial,
sin que los bolivianos se quejaran de la
deshidratación por el calor, que ha metido
varios goles a la vida de futbolistas,
contra cero de la altura.
Debe ser problema del ajetreo de partidos
mandar a los jugadores 15 días antes a
acostumbrarse a la altura, o a la canícula,
tanto más complicado cuando empieza la Copa
América en Venezuela y en Europa inician la
Eurocopa. Más aún, para la FIFA, una
transnacional exitosa cuyo norte no es el
deporte sino hacer plata, es un engorro
administrativo programar eventos
internacionales de forma diferente al rol de
partidos en miércoles y domingos, con que se
calienta al mundo en fiebre de fútbol
durante fases eliminatorias de mundiales.
Lo importante es recordar que la altura no
es cosa que quite el sueño a africanos,
europeos o asiáticos. Ni a la misma CONCACAF,
la entidad federada de centroamericanos y
caribeños. Porque los digitadores del veto a
la altura son Argentina, Brasil y Uruguay.
La razón es que si bien es improbable que
Bolivia clasifique a un Mundial, como lo
demuestran las eliminatorias, es posible que
nuestro país descalifique a uno de ellos al
ganar en La Paz.
Tal es el meollo del asunto. Baste recordar
que a la Argentina se la mandó dos veces al
repechaje, con el sopapo que ello significó
para un país donde un triste Maradona vale
mucho más que un erudito Borges. A Uruguay,
monarca sobrevaluado de varios campeonatos
olímpicos y mundiales, La Paz le significó
una sequía de 12 años sin transponer las
eliminatorias al Mundial. A Brasil se le
quedó en la retina colectiva la imagen del
chutazo de Etcheverry sobre la línea de
atrás, que se le metió entre los hemisferios
del trasero a un Taffarel en cuclillas, hizo
carambola con su tobillo, colándose en el
arco y marcando el primer gol boliviano en
un notable dos a cero a Brasil en La Paz.
Aspecto determinante del veto a Bolivia son,
pues, las maniobras en la Confederación
Sudamericana de Fútbol (CSF). Al respecto,
mi amigo Oky Chiarella afirma que es mucha
la presión de países medrosos a Nicolás Léoz,
paraguayo presidente de la CSF, que se
olvidó que debe el ser presidente al voto
boliviano, en un medio donde es difícil
entrar. En efecto, recordemos a Léoz que en
la elección donde fuera electo por primera
vez, hubo un empate a cuatro federaciones
nacionales entre él y el candidato Cubillas
del Perú. Con el voto decisivo boliviano, se
logró elegirlo como presidente de la CSF.
Como consta a Romer Osuna, quien antes fuera
elegido presidente de la FBF, en un amarre
que comprometió el voto boliviano a Léoz. Le
deben ambos a Bolivia el lucrativo sitial
donde se encuentran.
En lugar de joder a nuestro país con la
altura, más honesto y visionario sería que
las potencias sudamericanas -Brasil,
Argentina y Uruguay- a través de la CSF y de
la vicepresidencia del argentino Julio
Grondona en la FIFA, propusieran que todo
país que ha ganado dos campeonatos
mundiales, entre automáticamente al ruedo de
los 36, sin necesidad de clasificar y sin
importar del continente que sean.
Son entretelones políticos aborrecibles que
conociendo el negocio, el Viceministro de
Deportes, destacado capitán de la selección
boliviana, jugador de River Plate, Boca
Juniors, etc., alimente esperanzas en el
pueblo boliviano, en viajes para que su
homólogo argentino le ofrezca su respaldo,
corroborado por el Presidente Kirchner: la
sumatoria del apoyo de ambos vale menos que
el del portero del edificio de la FIFA en
Zurich. Menos aún sirven las comedias
demagógicas del Presidente Morales, como
jugar fútbol en la cima del nevado Sajama, a
la que llegaron en cómodo helicóptero
venezolano.
Más efectivo, dice Chiarella, sería
contratar un equipo de especialistas
europeos y norteamericanos, que trituren con
hechos científicos la supuesta amenaza del
efecto de la altura en el deporte. Tal
certificación haría exitosa la defensa
boliviana contra el veto a la altura en la
FIFA.