Winston Estremadoiro

Entretelones del veto a la altura

Junio 2007

winstonest@yahoo.com.mx

No soy lo que se dice un atleta y de futbolista confieso limitaciones. Algo tuvo que ver que varios años antes de que en 1963 Bolivia ganara en Cochabamba su primer Campeonato Sudamericano, en final de festín de goles con Brasil (4-3), había quemado mi banderín de hincha de River Plate y dejado de leer El Gráfico, todo por el despliegue amarillista de sus titulares de “Pozo Negro en La Paz” y fotos de llamas e indios del estereotipo andino de Bolivia. Fue después de que Bolívar goleara 5 a 2 a los millonarios de Carrizo, Labruna y  Rossi; este último, malcriado centrocampista, de bronca bajó sus calzones y agachándose mostró su luna partida al público del estadio Hernando Siles.

No se me habían cruzado por la sesera estos recuerdos, hasta que una tertulia de amigos demostró que el fútbol es quizá el cuarto tema -los otros son sexo, religión y política- de grandes disquisiciones. Y que la interrelación de ellos brinda interesantes entretelones.

Consideren la altura y la memoria. Hasta un impoluto Pelé la perdió al unirse al coro de los fariseos, al olvidar que su talento no fue menoscabado cuando con el Santos hizo un bello gol de chilena, registrado en una fotografía con mi Kodak juvenil, en un partido en que golearon en La Paz. Años más tarde, en repechaje mundialista, una Hungría sin Puskas no se quejó de la altura al ganar 6-0 en La Paz al seleccionado boliviano.

Véanse entretelones del fútbol y la adaptación: el problema de la altura es solucionable con asentar a los atletas. El balompié profesional es práctica de jóvenes en espléndida condición física, cuando no les perjudica, en Potosí o París, una noche previa de tabaco, ron y mujeres. No son el rechoncho Blatter, ni un guatón Maradona apenas de showbol, los que deben aguantar 90 minutos en los 3.600 metros de La Paz o los 40º C a la sombra de Recife, donde Bolivia y Brasil jugaron eliminatorias del último Mundial, sin que los bolivianos se quejaran de la deshidratación por el calor, que ha metido varios goles a la vida de futbolistas, contra cero de la altura.   

Debe ser problema del ajetreo de partidos mandar a los jugadores 15 días antes a acostumbrarse a la altura, o a la canícula, tanto más complicado cuando empieza la Copa América en Venezuela y en Europa inician la Eurocopa. Más aún, para la FIFA, una transnacional exitosa cuyo norte no es el deporte sino hacer plata, es un engorro administrativo programar eventos internacionales de forma diferente al rol de partidos en miércoles y domingos, con que se calienta al mundo en fiebre de fútbol durante fases eliminatorias de mundiales.

Lo importante es recordar que la altura no es cosa que quite el sueño a africanos, europeos o asiáticos. Ni a la misma CONCACAF, la entidad federada de centroamericanos y caribeños. Porque los digitadores del veto a la altura son Argentina, Brasil y Uruguay. La razón es que si bien es improbable que Bolivia clasifique a un Mundial, como lo demuestran las eliminatorias, es posible que nuestro país descalifique a uno de ellos al ganar en La Paz.

Tal es el meollo del asunto. Baste recordar que a la Argentina se la mandó dos veces al repechaje, con el sopapo que ello significó para un país donde un triste Maradona vale mucho más que un erudito Borges. A Uruguay, monarca sobrevaluado de varios campeonatos olímpicos y mundiales, La Paz le significó una sequía de 12 años sin transponer las eliminatorias al Mundial. A Brasil se le quedó en la retina colectiva la imagen del chutazo de Etcheverry sobre la línea de atrás, que se le metió entre los hemisferios del trasero a un Taffarel en cuclillas, hizo carambola con su tobillo, colándose en el arco y marcando el primer gol boliviano en un notable dos a cero a Brasil en La Paz.  

Aspecto determinante del veto a Bolivia son, pues, las maniobras en la Confederación Sudamericana de Fútbol (CSF). Al respecto, mi amigo Oky Chiarella afirma que es mucha la presión de países medrosos a Nicolás Léoz, paraguayo presidente de la CSF, que se olvidó que debe el ser presidente al voto boliviano, en un medio donde es difícil entrar. En efecto, recordemos a Léoz que en la elección donde fuera electo por primera vez, hubo un empate a cuatro federaciones nacionales entre él y el candidato Cubillas del Perú. Con el voto decisivo boliviano, se logró elegirlo como presidente de la CSF. Como consta a Romer Osuna, quien antes fuera elegido presidente de la FBF, en un amarre que comprometió el voto boliviano a Léoz. Le deben ambos a Bolivia el lucrativo sitial donde se encuentran.   

En lugar de joder a nuestro país con la altura, más honesto y visionario sería que las potencias sudamericanas -Brasil, Argentina y Uruguay- a través de la CSF y de la vicepresidencia del argentino Julio Grondona en la FIFA, propusieran que todo país que ha ganado dos campeonatos mundiales, entre automáticamente al ruedo de los 36, sin necesidad de clasificar y sin importar del continente que sean.

Son entretelones políticos aborrecibles que conociendo el negocio, el Viceministro de Deportes, destacado capitán de la selección boliviana, jugador de River Plate, Boca Juniors, etc., alimente esperanzas en el pueblo boliviano, en viajes para que su homólogo argentino le ofrezca su respaldo, corroborado por el Presidente Kirchner: la sumatoria del apoyo de ambos vale menos que el del portero del edificio de la FIFA en Zurich. Menos aún sirven las comedias demagógicas del Presidente Morales, como jugar fútbol en la cima del nevado Sajama, a la que llegaron en cómodo helicóptero venezolano.

Más efectivo, dice Chiarella, sería contratar un equipo de especialistas europeos y norteamericanos, que trituren con hechos científicos la supuesta amenaza del efecto de la altura en el deporte. Tal certificación haría exitosa la defensa boliviana contra el veto a la altura en la FIFA.

 

 

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