Winston Estremadoiro

La engañifa del Estado plurinacional

Julio 2007

winstonest@yahoo.com.mx

Tan cansados de leerlos como yo de escribirlos, deben estar quienes quizá ya me asocian con diatribas contra Evo Morales y su gobierno. Pero hay tanta tela que cortar en la escena política actual, que es más cómodo ser sastre de disparates que orfebre de la palabra.

Con irresponsable ebriedad de falacias, que soslaya la resaca del resquebrajamiento de la unidad del país, se ventila la peregrina noción de un estado plurinacional sobre bases étnicas. Sin darse cuenta de que está en contraposición a la república unitaria, lo plurinacional devuelve vigencia a Carlos Valverde Barbery, otrora evangelista del federalismo cruceño, cuando Santa Cruz no era aún la locomotora económica del país.

No hay duda que el mimetismo –propiedad que poseen algunos animales y plantas de asemejarse a su entorno- es característico del régimen actual, que entrevera conceptos para ocultar sus fines. Al inicio de su gestión, era recurrente el “quechuaymara” en el discurso presidencial. Tal vez algún etnohistoriador le sopló que tal maridaje es algo para fomentar. Si antes de la llegada de los españoles, los quechuas sojuzgaron a sangre y fuego (y transplantes de gente, como en Kanata, ahora Cochabamba), a los aymaras, hasta hoy ambos poco se entienden y apenas se pueden sentir uno a otros.

No obstante, ideólogos del estado plurinacional, como el ex ministro Félix Patzi, plantean 4 escenarios segregacionistas y divisionistas del país, en nombre del reconocimiento de la cultura y el sistema social de sus sociedades: idioma, modo de producción, prácticas políticas y un sistema judicial paralelo. Sospecho que tamaña sinrazón, aparte de disgregadora, parte de un propósito hegemónico aymara en el régimen actual.     

                Respecto al idioma, ya la actual Constitución identifica al país como multicultural y plurilingüe. Reconoce como oficiales a los idiomas quechua, aymara y guaraní, además del español mayoritario. Qué mejor chorro de tinta que oculte al pulpo aymara, que en contra de la mayoría mestiza, en especial camba, se planteen “nacionalidades” en base a grupos étnicos diferenciados por la lengua.

Tal desaguisado desnuda una intencionalidad política al no ponderar el peso específico de esas lenguas en el mapa étnico del país. Lo de “oficial” implica uso en documentos, actos y servicios públicos, en la justicia. Es condescendiente sinsentido que sugieran dar carácter oficial donde se hablan, a 31 lenguas menores, siendo que el 81.4% en Santa Cruz, el 90.6% en el Beni y el 91.7% en Pando, sólo hablan español. Sin escarbar los mil rostros del quechua que estudiara el lingüista Xavier Albó, el runa simi tiene variantes territorialmente no contiguas, que le debilitan ante el minoritario aymara. Y si en 1996 hablaban el Plautdietsch o alemán menonita casi 30.000 ciudadanos, más que los hablantes de lenguas de 31 “naciones”, los menonitas deben ser nación en la Bolivia plurinacional, a menos que se les excluya por el albo color de su piel.

Un dislate repetitivo de Evo Morales es que el capitalismo es el peor enemigo del ser humano. Tira por la borda una cita favorita: de que si de cambiar sociedades se trata, “no es el comunismo el revolucionario, sino el capitalismo”, expresión de Berthold Brecht, dramaturgo y poeta alemán que de neoliberal no tenía nada, siendo más bien crítico del sistema capitalista.

Pero la cáfila de obsoletos comunistas disfrazados de socialistas del gobierno, desconoce que la mayoría de aymaras y quechuas son mestizos aculturados e integrados en la sociedad boliviana. Y son los fenicios del comercio capitalista, desde la ventera al raleo en las ferias, hasta los millonarios intermediarios de productos agrícolas, para no hablar de bagalleros y contrabandistas.

En la involución propuesta, ¿se volverá a dividir la producción entre casta Inca, sacerdotes y plebe, como antes de los españoles? Me late que los unos serían los de la nomenklatura del partido de Evo; los otros no serían eruditos Callawaya, sino advenedizos de ritos aymara a la Hollywood; los terceros, la plebe intercultural mestiza afuera de las “naciones” étnicas.      

                En vez de propiciar la legitimación de buenas prácticas comunitarias, por ejemplo integrando a la ley mecanismos de redistribución y de selección de líderes, el planteamiento plurinacional impondrá el esquema de leva de activistas y el aparato de coacción en base a turbamultas aleccionadas, que tantos réditos políticos le ha traído a Evo Morales.

No menos iluso es el sistema judicial paralelo, que desconoce el principio universal de igualdad ante la ley de todos los ciudadanos. Con el raquitismo inducido de instituciones como el Poder Judicial y la Policía, y la subordinación politiquera de fiscales, el asesinato impune por turbamultas a guisa de justicia comunitaria, será prolegómeno de prácticas donde la pena mayor de crímenes será la expulsión de la comunidad. Patzi llega a extremos ridículos, pontificando que los oriundos de “naciones indígenas” residentes en barrios urbanos, se traten conforme a la tradición (vg. “justicia comunitaria”).

                Cito a Marx: “los filósofos han interpretado el mundo; lo importante es cambiarlo”. Es indudable que hay mucho que cambiar en Bolivia. No pudiendo extirparlo del todo, porque los prejuicios siempre existirán, el cáncer de la exclusión social debe reducirse a niveles ínfimos. Pero a título de cambio, se trueca el ideal de la unidad en la diversidad de la Constitución, por la engañifa de un Estado plurinacional que evoca a las reservaciones indígenas. Ocultan intenciones hegemónicas en lo étnico y en lo político, que implican involucionar de un melanoma -tumor de células pigmentarias que contienen melanina- a un cáncer maligno: la polonización de Bolivia de otros tiempos, modernizada a una balcanización a vuelta de la esquina. Pero ese es otro tema.

 

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