Tan cansados de leerlos como yo de
escribirlos, deben estar quienes quizá ya me
asocian con diatribas contra Evo Morales y
su gobierno. Pero hay tanta tela que cortar
en la escena política actual, que es más
cómodo ser sastre de disparates que orfebre
de la palabra.
Con irresponsable ebriedad de falacias, que
soslaya la resaca del resquebrajamiento de
la unidad del país, se ventila la peregrina
noción de un estado plurinacional sobre
bases étnicas. Sin darse cuenta de que está
en contraposición a la república unitaria,
lo plurinacional devuelve vigencia a Carlos
Valverde Barbery, otrora evangelista del
federalismo cruceño, cuando Santa Cruz no
era aún la locomotora económica del país.
No hay duda que el mimetismo –propiedad
que poseen algunos animales y plantas de
asemejarse a su entorno- es característico
del régimen actual, que entrevera conceptos
para ocultar sus fines. Al inicio de su
gestión, era recurrente el “quechuaymara”
en el discurso presidencial. Tal vez algún
etnohistoriador le sopló que tal maridaje es
algo para fomentar. Si antes de la llegada
de los españoles, los quechuas sojuzgaron a
sangre y fuego (y transplantes de gente,
como en Kanata, ahora Cochabamba), a los
aymaras, hasta hoy ambos poco se entienden y
apenas se pueden sentir uno a otros.
No obstante, ideólogos del estado
plurinacional, como el ex ministro Félix
Patzi, plantean 4 escenarios
segregacionistas y divisionistas del país,
en nombre del reconocimiento de la cultura y
el sistema social de sus sociedades: idioma,
modo de producción, prácticas políticas y un
sistema judicial paralelo. Sospecho que
tamaña sinrazón, aparte de disgregadora,
parte de un propósito hegemónico aymara en
el régimen actual.
Respecto al idioma, ya la actual Constitución
identifica al país como multicultural y
plurilingüe. Reconoce como oficiales a los
idiomas quechua, aymara y guaraní, además
del español mayoritario. Qué mejor chorro de
tinta que oculte al pulpo aymara, que en
contra de la mayoría mestiza, en especial
camba, se planteen “nacionalidades” en base
a grupos étnicos diferenciados por la
lengua.
Tal desaguisado desnuda una intencionalidad
política al no ponderar el peso específico
de esas
lenguas en el mapa étnico del país. Lo
de “oficial” implica uso en documentos,
actos y servicios públicos, en la justicia.
Es
condescendiente sinsentido que sugieran dar
carácter oficial donde se hablan, a 31
lenguas menores, siendo que el
81.4% en Santa Cruz, el 90.6% en el Beni y
el 91.7% en Pando, sólo hablan español.
Sin escarbar los mil rostros del quechua
que estudiara el lingüista Xavier Albó, el
runa simi
tiene variantes territorialmente no
contiguas, que le debilitan ante el
minoritario aymara. Y si en 1996 hablaban el
Plautdietsch
o alemán menonita casi 30.000 ciudadanos,
más que los hablantes de lenguas de 31
“naciones”, los menonitas deben ser nación
en la Bolivia plurinacional, a menos que se
les excluya por el albo color de su piel.
Un
dislate repetitivo de Evo Morales es que el
capitalismo es el peor enemigo del ser
humano. Tira por la borda una cita favorita:
de que si de cambiar sociedades se trata,
“no es el comunismo el revolucionario, sino
el capitalismo”, expresión de Berthold
Brecht, dramaturgo y poeta alemán que de
neoliberal no tenía nada, siendo más bien
crítico del sistema capitalista.
Pero la cáfila de obsoletos comunistas
disfrazados de socialistas del gobierno,
desconoce que la mayoría de aymaras y
quechuas son mestizos aculturados e
integrados en la sociedad boliviana. Y son
los fenicios del comercio capitalista, desde
la ventera al raleo en las ferias, hasta los
millonarios intermediarios de productos
agrícolas, para no hablar de
bagalleros y contrabandistas.
En la involución propuesta, ¿se volverá a
dividir la producción entre casta Inca,
sacerdotes y plebe, como antes de los
españoles? Me late que los unos serían los
de la
nomenklatura
del partido de Evo; los otros no serían
eruditos Callawaya, sino advenedizos de
ritos aymara a la Hollywood; los terceros,
la plebe intercultural mestiza afuera de las
“naciones” étnicas.
En vez de propiciar la legitimación de
buenas prácticas comunitarias, por ejemplo
integrando a la ley mecanismos de
redistribución y de selección de líderes, el
planteamiento plurinacional impondrá el
esquema de leva de activistas y el aparato
de coacción en base a turbamultas
aleccionadas, que tantos réditos políticos
le ha traído a Evo Morales.
No menos iluso es el sistema judicial
paralelo, que desconoce el principio
universal de igualdad ante la ley de todos
los ciudadanos. Con el raquitismo inducido
de instituciones como el Poder Judicial y la
Policía, y la subordinación politiquera de
fiscales, el asesinato impune por
turbamultas a guisa de justicia comunitaria,
será prolegómeno de prácticas donde la pena
mayor de crímenes será la expulsión de la
comunidad. Patzi llega a extremos ridículos,
pontificando que los oriundos de “naciones
indígenas” residentes en barrios urbanos, se
traten conforme a la tradición (vg.
“justicia comunitaria”).
Cito a Marx: “los filósofos han
interpretado el mundo; lo importante es
cambiarlo”. Es indudable que hay mucho que
cambiar en Bolivia. No pudiendo extirparlo
del todo, porque los prejuicios siempre
existirán, el cáncer de la exclusión social
debe reducirse a niveles ínfimos. Pero a
título de cambio, se trueca el ideal de la
unidad en la diversidad de la Constitución,
por la engañifa de un Estado plurinacional
que evoca a las reservaciones indígenas.
Ocultan intenciones hegemónicas en lo étnico
y en lo político, que implican involucionar
de
un melanoma -tumor de células pigmentarias
que contienen melanina- a
un cáncer
maligno: la polonización de Bolivia de otros
tiempos, modernizada a una balcanización a
vuelta de la esquina. Pero ese es otro tema.