Winston Estremadoiro

Historia de la sordidez

Septiembre 2007

winstonest@yahoo.com.mx

Si convocase a un concurso de crónicas de la corrupción, de seguro saturarían de casos mi correo electrónico. Sería fantástico, cual saga de las mil y una noches. Empezaría por un ‘había una vez un país cuya democracia se empantanó en el fango de la corrupción y el miasma de la componenda, y cayó en las arenas movedizas del populismo’. Es alegoría que bien prologaría un recuento de la triste situación de Bolivia. Sin ilusión mía de llegar a los talones del genial ciego, el título evoca la Historia de la infamia de Jorge Luis Borges. Pero la sordidez en nuestro país decuplicaría páginas de su libro. Vaya un par de casos a guisa de entrada de vomitivo banquete.

                Ahí está el ex presidente del Servicio Nacional de Caminos, ente cuya institucionalización empezó con designar a José María Bakovic por concurso de méritos supervisado por un organismo internacional. La Administradora Boliviana de Carreteras (ABC), la misma chola con otra pollera, es hoy dirigida por la co-signataria de contratos que ya costaron vacaciones entre rejas y una retahíla de procesos judiciales a su ex jefe, el Ing. Bakovic. Fueron promovidos por la que le serruchó el piso, asesorada por una abogada que de primeras fue concejal de la alcaldía valluna, siendo luego censurada por movidas de escasa laya moral.

                El dinero, como el sexo promiscuo, atrae a gonococos y estreptococos de purulentas infecciones de corrupción. Hay mucho en construir los caminos que vincularían a esta Bolivia que, como la España que retratara Ortega y Gasset, debe muchos achaques –pobreza, provincianismo y regionalismo entre ellos— a la invertebración. Imagínense, se ahorraron $43 millones de dólares de sobreprecio en la carretera Potosí-Uyuni por una denuncia del Ing. Bakovic, al que metieron en la chirola en vez de darle una medalla. Quizá otra vacación entre rejas le costará advertir que fue chambonada rescindir contrato con la empresa a cargo de la carretera Tarija-Potosí. Aparte de postergar para las calendas griegas la obra, ¿a quién van a reclamar la reparación de las deficiencias observadas? Mientras el país sigue desvinculado, harán su agosto los leguleyos, entre ellos, la asesora legal otrora censurada.                         

                Contaba un prominente médico, que dejó floreciente práctica privada para dar su óbolo como servidor público a la buena administración del país, que en La Paz existe una infraestructura hospitalaria de las mayores del país. En un gobierno anterior, se consiguió un crédito español de 13 millones de euros en especie, para equiparlo y echarlo a andar. El trámite listo, con los papeles en mano se buscó la anuencia del Poder Ejecutivo. Se toparon con la exigencia de un asesor que hacía los amarres: un millón tenía que venir para el Palacio Quemado. De nada valieron razones, ¿acaso se puede pagar coimas con tomógrafos y bisturís? El hospital aún no atiende enfermos como debería.

                Un suizo disciplinado, laborioso y obediente de la ley, como seremos los bolivianos dentro de una década según el pregonero de ilusión que ejerce de Presidente, anotaba que aquí se pide la luna so pena de bloquear o destruir el patrimonio del país. En Bolivia, a diferencia de Suiza, los servidores públicos de estamentos esenciales, como la educación y el orden público, en vez de ser ciudadanos seleccionados y capacitados, son piezas deleznables en estructuras de agitación política o de exacción.  

Sobre el primero, olvidando tiempos de Vilma Plata y su cucharón, ahí están los futuros apóstoles de la educación rural en Arani, que enseñaron con ejemplo criminal cómo dañar los oleoductos que abastecen energéticos al occidente del país. ¿Importa acaso que los ductos sean las venas de un país; que los caminos bloqueados sean las arterias? Del segundo, si parecen haber hallado la solución del desempleo con atosigar las calles con transportistas públicos, ¿cómo esperar que policías controlen el caótico flujo vehicular y sean ecuánimes en incidentes de tránsito, si los transportistas tienen un amarre con ellos, disponiendo hasta de oficina en dependencias policiales?

Dice la canción “cambia lo superficial, cambia también lo profundo, cambia el modo de pensar, cambia todo en este mundo”. Mentira. En Bolivia el cambio es cosmético, es poda de fronda, no tratamiento de virus sistémico.

Lo evidencia el lavaje cerebral con la campaña “Bolivia cambia, Evo cumple”, que satura los medios para lograr un buen índice de popularidad para una gestión gubernamental de mucho ruido y pocas nueces. Todo cambia para seguir igual: evoquemos que en 1982, en el festín político del retorno a la democracia, la papelería oficial rezaba “Por la Revolución Nacional Liberadora”; en la farra de cambio actual, debe ser “Por la Revolución Originaria Socialista”. Similares son las hojas secas que caen del árbol de la propaganda vacua, como ese “El mar nos pertenece por derecho, recuperarlo es un deber”, de la fiebre que conmemoró los 100 años de la desidia boliviana de 1879.   

El cambio en Bolivia tiene recetas varias. A la tuberculosis del ejercicio del poder como camino a la riqueza, se debe inyectar vacuna de pena ejemplar a los corruptos. La anquilostomiasis de la práctica política como demagogia politiquera, merece un vermífugo que haga priorizar la economía. En la democracia que estamos a punto de perder, el cambio dependería del voto castigo, si no fuera por la ceguera provocada por la propaganda.

Se requiere educar, empezando por inculcar la formación moral. Pero en vez del calostro rico en anticuerpos, de sólidos valores éticos inducidos en la familia y en la escuela, los jóvenes maman del biberón aguado del culto al pendejo. Que se ensalza en nuestra parte del mundo, al darle una acepción de persona astuta y taimada; en el resto de Hispanoamérica, tilda a un hombre cobarde y pusilánime, o a una persona tonta, estúpida.

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