Winston Estremadoiro

Acotando sobre los anillos del gas  

Julio 2005     

 

Winston Estremadoiro

Mi amigo Christian Inchauste es autor de una trilogía poco tolkieniana sobre el Señor de los Anillos del Gas que merece difundirse. Le hago un divertimento de acotaciones sin ánimo de demoler; más bien ordeno datos y argumentos en un resumen reflexivo. Cual travieso que se solaza pinchando globos a malcriados en parques, Christian subraya que el gas no es maldito ni bendito; es un recurso estratégico y bastante codiciado. Acoto que en los bolsones profundos vale tanto como el litio del salar de Uyuni: un pepino.

 

Cuesta millones extraer, millardos industrializar y, entiéndase, ambos procesos van juntos. A menos que se opte, como hoy, por el negocio de negros de venderlo como gas húmedo: sin extraer componentes menores, ni exportar con valor agregado, ni industrializar, ni proveerlo a los nuestros. Y a precio bajo, ¡a título de solidaridad! Un primer reventón es que Perú no tiene las reservas suficientes para el “anillo energético”.

 

De los 10 TCF -trillones de pies cúbicos- de Camisea, la mitad está amarrada para la región limeña por 2 décadas. Quedan 5 TCF para honrar preacuerdos de exportación a México -que acaban de abortar con Bolivia-, o al norte de Chile. Cuenta en el norte unos 2 TCF más, usado mayormente para generar energía eléctrica que se exporta a Ecuador. ¿Suplir la demanda chilena, brasileña, argentina, uruguaya y paraguaya? Las winflas. Debe haber más Camisea, pero la cosa mantecosa es invertir millardos para encontrarlos y construir ductos para transportarlos.

 

En vez de quejarnos de amigos sinuosos, aprendamos del Perú. Uno, aparta el gas necesario para sus requerimientos de 20 años. Dos, vende hasta lo que no tiene, seguro de que la inversión extranjera en exploración pondrá en inventario lo que requieran los contratos. Tres, se zurra en la Guerra del Pacífico y la hermandad boliviano-peruana: business is business y nada tiene que ver con lloriqueos ni violines. Venden energía eléctrica al Ecuador, con el que han tenido más de una guerra; no hacen asquitos de vender gas a Chile. Inchauste invoca a que el país retome el liderazgo del gas en la región.

 

Acoto que nunca lo tuvo. Lo lograría con inversiones que hagan que sus reservas, iguales hoy a 6 Camisea, se extraigan de los bolsones; se procesen a gas seco y se exporten; se transporten en esfuerzo masivo a industrias y hogares del país; se transformen a GLP; se conviertan a electricidad que se venda a países vecinos; se transmuten a diesel ecológico y fertilizantes.

 

Globo pinchado es la ilusión de que estamos en Jauja con el gas. “Es un error pensar que la renta del gas será suficiente para sacar al país del atraso y desempleo,” dice Inchauste: “incluso duplicando las exportaciones actuales… hasta 2.000 millones de dólares anuales, y asumiendo una renta fiscal de 1.000 millones por año bajo la nueva Ley de Hidrocarburos, el impacto no se verá de la noche a la mañana…” Lo importante es usar “la renta del gas y sus inversiones como un instrumento para acumular capital y sembrar los excedentes en otros sectores más creadores de empleo”.

 

He aquí una perla de concepto: sembrar el gas. Mi amigo parte de un somero balance de las reservas. Con el actual flujo de exportación, están comprometidos para 20 años 15 de los 60 TCF que tiene. Hoy se desincentivan nuevos hallazgos, pero las reservas alcanzan para que venga el Gasoducto del Noreste Argentino: suplir su demanda y la de Brasil; añadir Paraguay, Uruguay y Chile a la clientela. Pero el quid del tema es si vale la pena exportar más, sin generar productos de valor agregado. Es aberrante vender gas húmedo, peor a precios “solidarios”.

 

Mejor es exportarlo como gas seco, extrayendo gasolina líquida y componentes transformados a líquidos (GLP). Mucho mejor todavía, generar en Yacuiba la energía eléctrica para un trueque energético con Paraguay, para que exporte su parte de la energía que genera Itaipú; exportar energía eléctrica a Brasil de generadoras en San Matías y Puerto Suárez, a la vez que en este último se despierta al gigante siderúrgico de Mutún.

 

En la cúspide de lo mejor está un quinteto de proyectos. Uno, transformar el gas a diesel ecológico con una planta en Tarija para tapar el buraco de $100 millones importados; el MERCOSUR compraría todo excedente de diesel limpio. Dos, producir fertilizantes de urea mediante la petroquímica en Villamontes. Tres, llevar gas al occidente del país con un ducto de mayor tamaño: proveer energía barata para un auge de la minería; para que El Alto sea un centro industrial de gran envergadura; gas domiciliario para una conurbación de 2 millones de gentes. Cuarto, fluyendo un río de gas paralelo al tren que va de Tupiza a La Paz, “Patacamaya es el lugar ideal para instalar… una planta de petroquímica (Metanol to Oleofins, MTO) o una planta de DME: el substituto del GLP que en este momento hace furor en el Japón”, dice Inchauste.

 

Quinto, emular al pequeño gigante Qatar y bolivianizar la industria del gas formando cuadros nacionales capacitados, en concierto con petroleras, universidades e institutos, y comunidades de regiones productoras. Desarrollar el gas requiere miles de millones de inversión que Bolivia no tiene. En vez de asumir tal hecho, sus gobiernos arriesgan el potencial de dínamo del Cono Sur, socapando malabarismos con fuego en el borde del abismo. Con su tolerancia de la anarquía, decrece el pastel económico, se relega el progreso hasta el día de San Blando que no se sabe cuándo.

 

Más aún, pinchan el globo de mis ilusiones los políticos en liza para las elecciones: prometen todo en lo político; poco grano y mucha chala en lo económico. Quizá poco rédito rinden planteamientos concretos de estrategia de Estado, como los de Christian Inchauste, para 20 años de una Bolivia creciendo hasta un 14% anual para salir de pobre.

 

winston@supernet.com.bo

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