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Winston
Estremadoiro |
Solo el punteado de una guitarra acompaña a Maria Bethânia en Último desejo, canción tristona de amores en ocaso a la que soy afecto, cuya primera estrofa me pone el tono para celebrar cambios en la política exterior hacia Chile: Nosso amor que não esqueço/ e que teve seu começo/ numa festa de São João/ morre hoje, sem foguete/ sem retrato, sem bilhete/ sem luar, sem violâo.
Sin cohetes, sin retrato, sin carta, sin luna y sin guitarra languidece hoy, gracias a Dios, el chovinismo ingenuo con que manejó la relación con Chile un historiador periodista llegado a Presidente, que la trató como si fuera cuestión de fuegos de artificio verbales.
Lo evidencia una nota de La Razón del miércoles 20 de julio, que en la página 30 y en la mitad de espacio de la noticia de un asalto en Santa Cruz, titulaba: “Chile aceptó tratar el tema marítimo”.
Más tardó un mesurado Canciller Loaiza en dar la buena nueva que La Moneda en desmentirla, como era de esperar. Pero digno de resaltar es que si tal primicia la comandaba Carlos Mesa, hubiera ocupado las primeras planas, la hora prime de telenoticias, y el megalómano mediático hubiese rifado millonadas en espacio solicitado para mensajes presidenciales en televisión y periódicos.
La verdad es que hoy, sin hacer de ello una pulseta que haga quedar mal a unos o a otros ante electores proclives al jingoísmo, las autoridades boliviano-chilenas están dialogando. Y ojalá que de todo, inclusive de mar para Bolivia y de gas para Chile.
En los años 70, en la Universidad de California en Los Angeles (UCLA), departí en socráticas sesiones con Claudio Véliz, miembro de una pléyade de eruditos del Instituto de Estudios Internacionales de la Universidad de Chile. Con el profesor Véliz ponderábamos cuándo empezó el desencuentro entre Chile y Bolivia, que fue anterior a la Guerra del Pacífico.
Pero su causa mayor es la pérdida de nuestro único departamento marino, que a los bolivianos duele tanto como la pierna cercenada persiste en causar dolor al veterano de guerra.
El desencuentro es tanto más un contrasentido por el potencial de complementariedad de los dos países.
Entre otras cosas, porque en una Bolivia progresista los puertos chilenos seguirán siendo el pulmón de la minería occidental boliviana y el origen de las mercancías, la mayoría de contrabando, de sus ferias y mercados, así se obtuvieran el corredor y los diez km. de mar al norte de Arica.
Dos, porque el agua dulce de la altiplanicie boliviana convierte en vergeles los eriales del desierto chileno; el altiplano, a su vez, requiere la tecnología y visión empresarial de los vecinos. Tres, los productos agropecuarios del trópico boliviano –azúcar, aceite vegetal, carnes y frutos- liberan tierras que podrían ocuparse en rubros estrella de las exportaciones frutícolas chilenas. Cuatro, Chile tiene abundantes capitales y capacidad empresarial, necesarios en una Bolivia escasa de inversiones y plena de oportunidades, que deberían encararse como joint ventures, para enhebrar la integración de la costa chilena y el altiplano boliviano.
El pedregón en el camino de la reconciliación chileno-boliviana es un acceso soberano al mar para Bolivia.
Es tema de agresivos golpes de pecho en mandriles santiaguinos y de ulular de lamentos en marimonos altiplánicos. De brincos alegres de chimpancés limeños, que miran de palco cuando no atizan el fuego anti-mapochino en el occidente boliviano, o encandilan con la hermandad boliviano-peruana, mientras una Torre-Tagle sinuosa guarda la llave del corredor al norte de Arica para la enclaustrada Bolivia.
Albricias por el acercamiento de Bolivia y Chile, que señala que el camino para los gobernantes venideros de ambos países debe estar desprovisto de estridencias.
Son señales amistosas de Chile el retiro de minas fronterizas, eliminar el pasaporte para los bolivianos que viajen a ese país, la renuncia a organizar los juegos Odesur para no contrariar a nuestro país. Con la convicción de buscar entendimientos que deriven en la integración y cooperación entre ambos países, intelectuales de Bolivia y Chile se reunieron en Santa Cruz esta semana.
Más importante aún será equilibrar flujos comerciales desiguales hoy para Bolivia, para lo cual se han programado mesas de trabajo en La Paz y Santa Cruz en agosto próximo. Ya se propició un encuentro de cancilleres de ambos países en Lima y se aceptó dialogar sin exclusiones. Aunque la diplomacia chilena aclaró que del mar no se hablará, ya se abordará el tema en la medida de que las dos naciones se integren. ¿Acaso se culmina el amor en la primera cita?
A la discreta y efectiva forma de renovar la relación con Chile, ya le saltaron los criticones que hacen política demagógica del tema del mar. Un diputado cocalero pontifica que es inadmisible el acercamiento boliviano-chileno, sin tratar antes la demanda de salida soberana al mar. Censuró que se propugne fortalecer el Acuerdo de Complementación Económica vigente con Chile, después que el gobierno de Carlos Mesa lo congelara por ser contrario a los intereses de la economía boliviana. ¿Cómo puede serlo si urge nivelar la balanza de pagos, ya que Chile nos vende tres veces más de lo que nos compra, sin contar el contrabando?
Acusó a la Cancillería de ser timorata ante la posición de Chile, que sólo quiere beneficios con el comercio bilateral. ¿Conocerá el zafio el porcentaje ínfimo del comercio exterior chileno -$17.800 millones el año 2002- que son los $150 millones de las exportaciones a Bolivia?
Como le dijera Don Quijote a Sancho Panza: los perros ladran, señal que hacemos camino. Ahora que Bolivia cuenta con el comodín del gas natural (si lo desarrollamos), urge continuar sin alharaca el diálogo con Chile. Es la mejor manera de hacer algo más que una pancarta politiquera del tema del mar para Bolivia.
winston@supernet.com.bo
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