Aquel junio de 1935

Siempre se ha dicho que la Guerra del Chaco (1932-1935) partió en dos la historia boliviana. Muchos hablan de que el conflicto bélico no sólo nos enfrentó con el vecino Paraguay, sino que confrontó a la misma Bolivia con su pobreza, clasismo y fragmentación interna. El país ya no fue el mismo después del cese de hostilidades, aquel 14 de junio de 1935.

Sin embargo, no se puede hablar de la Guerra del Chaco sin pasar, ineludiblemente, por el tamiz hidrocarburífero. El origen de la contienda fue esencialmente petrolero y el devenir de los acontecimientos determinó buena parte de la historia económica tanto de Bolivia como de Paraguay.

En el caso boliviano, aunque no es prudente ingresar en el plano de la especulación, está claro que su destino y desarrollo, por precario que este sea, hubieran sido mucho más infructuosos de no contar con la riqueza energética contenida en la zona del Chaco.

Hoy Bolivia tiene gas, goza de años de exportación, abastece su mercado interno y está apostando por un proceso de industrialización gracias a que se logró preservar parte clave de ese territorio vital.

Por eso es importante no sólo tener en la memoria lo que representó la Guerra y sus efectos ulteriores en el país, sino poseer clara conciencia de lo que ha significado en términos económicos para Bolivia el mantener soberanamente esa porción de tierra que corre entre Tarija, Chuquisaca y Santa Cruz, de donde el país se ha “alimentado” de energía por tanto tiempo.

En términos puntuales, a casi 80 años del conflicto bélico, Bolivia depende en más de un 50% de sus ingresos de la renta petrolera. A esto se añade que en la última década ha logrado una redistribución de recursos provenientes del gas, sea a través del IDH o las regalías, para que las gobernaciones y municipios del país puedan levantar infraestructura y administrar un nivel de ingresos que hasta hace unos años eran impensados.

No cabe duda que los beneficios resultan ser tangibles. Sin embargo, también es muy importante entender que el sacrificio que demandó a la generación del Chaco preservar estos recursos, también conlleva una responsabilidad al presente.

Los hidrocarburos son elementos vitales en nuestra estructura económica y política. En ese sentido, la historia nos habla de un proceder casi siempre errático en su manejo; lo que al final ha jugado casi siempre en contra de los propios intereses bolivianos.

Por ello, conviene que, ahora y en adelante, entendamos que con el gas y el petróleo quizás tengamos una de las pocas, sino la última, gran oportunidad nacional de consolidar una genuina plataforma económica que permita vislumbrar un país industrializado y diversificado en sus fuentes de ingreso.

Hay mucho camino por recorrer, pero se están dando los primeros avances. Hay que seguir estimulando la actividad hidrocarburífera en todos sus aspectos, desde la exploración hasta la producción, exportación e industrialización. No queda otro camino pues ese es el que ya se está transitando. De lo contrario, sería repetir la vieja historia de marchas y contramarchas que tanto daño le hacen a Bolivia, como también sería un pobre homenaje a quienes sembraron sus vidas para que hoy gocemos de una cosecha generosa.

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