Efecto colateral

Venezuela y Argentina atraviesan un año particularmente difícil. Ahora el bajón del crudo agrava sus planes y perspectivas futuras.

 

La caída en el precio internacional del petróleo se instaló en la agenda mundial. En una sencilla lógica de evaluación sobre quienes ganan y quienes pierden, está claro que los más favorecidos son aquellos que dependen de la importación de combustibles fósiles para mover su maquinaria económica.

Del otro lado existe un importante número de perdedores.
De hecho, no deja de ser curioso que, con la baja del crudo, en fechas actuales ya por debajo de los $us 70, incluso son afectados aquellos países (entiéndase el bloque árabe) que estimulan la caída del precio con su negativa de no recortar su producción.

En una suerte de “perro del hortelano”, que no come y no deja comer, parece confirmarse que el propósito principal del bloque duro de la OPEP es frenar el desarrollo de los hidrocarburos no convencionales, sobre todo los que ya produce masivamente Estados Unidos; a pesar de que el intento les signifique una fuerte merma en sus ingresos. El pensamiento árabe, en ese sentido, parece guiarse por la lógica de que es preferible perder a que otros ganen.

Sin embargo, como en todo, la medida adoptada desde Medio Oriente tiene su efecto colateral en una serie de otros actores que dependen de la renta petrolera. Sin ir muy lejos, existen dos ejemplos claros en la región. El primero de ellos es Venezuela, que tiene en el petróleo a su producto estrella, o por decirlo de otro modo, su casi único producto de exportación, que en lugar de cotizar a $us 120 el barril, ahora ha caído a casi la mitad de ese precio. Por tanto, Venezuela hace aguas y está al borde de una debacle financiera, que es el mayor reto para el gobierno populista de Nicolás Maduro.

Si Venezuela sufre por el presente ligado al petróleo, Argentina, el otro caso de análisis, padece por el futuro ligado al shale gas.

Al igual que los venezolanos, los argentinos se acercan al final de un año de bastantes sinsabores. El fantasma del default volvió a rondar, mientras que los precios de los productos fueron un dolor de cabeza constante, al igual que la depreciación de su moneda.

Sumado a ello, ahora que el petróleo se vino abajo, los planes por desarrollar los yacimientos de hidrocarburos no convencionales de Vaca Muerta, en la Cuenca Neuquina, han sufrido un duro de revés en una de las fases críticas de todo proyecto sectorial: la fase de inversiones.

Lo que parece ser una bendición casi inmediata para los argentinos (el pagar menos por la energía que importan, incluyendo el gas boliviano) termina siendo un flagelo posterior a la hora de promover la inversión en áreas ricas en hidrocarburos no convencionales.

No es descabellado pensar que con el barril del petróleo promediando los $us 65, la rentabilidad de los proyectos de inversión en la zona de Vaca Muerta esté seriamente comprometida, con lo que se vendría abajo la posibilidad de que Argentina reflote energéticamente y sea autosostenible en el mediano plazo.

Ni Venezuela, ni mucho menos Argentina, tenían en sus planes que el precio del crudo les juegue en contra en un año particularmente complicado para ambas naciones. Resultan ser víctimas de una situación que no las tiene como protagonistas, pero que las ubica como receptores del daño colateral.

 

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