Extracción versus industrialización

Extractivista, esa es la palabra que define a Bolivia a lo largo de su historia. El país arrastra dicho lastre en una época en que la Revolución Industrial en el mundo también ya es historia, lo que significa que el rezago nacional es, por decirlo de alguna manera, alarmante. Sin embargo, lo peor que puede ocurrir es que no se pretenda dar un giro a la situación.

En el país hoy se habla mucho de industrialización de los hidrocarburos. En esa línea se han construido, o se están construyendo, plantas que procesarán el gas natural, nuestra principal riqueza fósil, para desarrollar una primera etapa de pre-industrialización o petroquímica básica.

La tarea no ha estado exenta de vaivenes, cuestionamientos y detractores. Sin embargo, es innegable que constituye el primer esfuerzo distinto a lo que se ha venido realizando en el país desde hace cientos de años.

La industrialización podría no ser lo que se espera. Podría significar otro fracaso nacional y terminar con una gran cantidad de “elefantes blancos”, regados en distintas regiones del país, sin consolidar una verdadera transición entre la extracción de materias primas y la elaboración de productos con valor agregado.

La nota pesimista de lo hipotéticamente mencionado líneas arriba no hace más que transitar por la misma vía del continuismo extractivista hasta que la riqueza se agote o las fuerzas del mercado global determinen que el gas ya no es negocio.

Del otro lado, apostar por la industrialización, por riesgosa que esta sea, ubicaría al país en un nuevo peldaño nunca antes alcanzado. Con esto no pretendemos efectuar una alabanza a la industrialización como tal. Todavía hay mucho por avanzar para que el proceso se valide y se pueda emitir juicio sobre sus resultados.

Hasta entonces, es estimulante pensar que la ruptura del modelo extractivista hidrocarburífero puede dar paso a un abaratamiento de la energía en suelo nacional, a la diversificación del aparato productivo y a la generación de fuentes de empleo en distintas áreas de acción, algo que, con el modelo actual, no es posible.

Sobre este aspecto, permítasenos una comparación que debe salvar gigantes distancias. Según datos de la Reserva Federal de Estados Unidos, con la llamada Revolución del Shale Gas y el consiguiente abaratamiento de energía, la producción industrial del país del norte ha recibido un impulso que ha elevado los niveles de inversión en un 10%, el volumen de empleo en un 2% y la exportación de manufacturas en un 6%, desde 2010 a la fecha.

Reiteramos que las distancias comparativas entre el caso estadounidense y el boliviano pueden sonar casi absurdas, pero en términos conceptuales el proceso es básicamente el mismo: industrializar la riqueza fósil para impulsar y diversificar el aparato productivo. En ese sentido va la interrogante: ¿resulta una quimera pensar que Bolivia logre aprovechar su gas de una manera distinta a la sola extracción y exportación?

El proceso de industrialización aún está en ciernes, pero es el derrotero que el país ha adoptado para encarar el futuro. No es ni será una tarea de corto plazo. Por el bien de Bolivia esperemos que los resultados sean los que el país espera.

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Miel Weenhayek

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