Una cuestión de reservas

El país ha pasado las últimas dos décadas promoviendo una industria energética que ahora enfrenta retos profundos para seguir vigente.

 

Para que la industria gasífera siga siendo un motor de desarrollo nacional debe regresarse a las entrañas de la tierra. Mucho de lo que ocurre en los últimos años se ha dado en la superficie. La producción, además del transporte y la comercialización final, han copado una agenda que, indudablemente, viene generando abundantes réditos económicos para Bolivia, pero que pone en riesgo el futuro si es que se la examina desde una óptica de sostenibilidad.

Hoy Bolivia produce alrededor de un 43% más de gas que a medidados de la década pasada (de 33 MMmcd a 58 MMmcd hasta el 2013). En la misma línea, los volúmenes exportados a Brasil y Argentina han llegado en varios momentos a superar sus máximos históricos, a lo que se agrega el crecimiento del consumo interno a través de las redes domiciliarias y las conversiones vehiculares a GNV.

Toda esta dinámica arroja resultados económicos que para nada son despreciables. De hecho, los altos precios internacionales de años precedentes (2005-2013) muestran un incremento en el valor de venta de gas al exterior que pasó de $us 1.086 millones a $us 6.059 millones, lo que significa un crecimiento de 457% en dicho periodo.

En consecuencia, la influencia del gas en la economía nacional se ha disparado. El país ha ingresado en una tendencia casi adictiva, por lo que la “gasdependencia” ha llegado a todos los programas y proyectos públicos en todas sus esferas y estamentos. Un hipotético descalabro del sector hidrocarburífero, por tanto, generaría un agujero negro dentro de la economía boliviana.

En ese marco, desde la Capitalización de los años 90, pasando por la Nacionalización de los hidrocarburos de 2006, hasta el presente de propósitos industrializadores, la constante ha sido el protagonismo del gas como eje articulador de la economía boliviana a través de su producción, transporte y comercialización.

Sin embargo, dentro de ese contexto existe un factor determinante que no ha mantenido la misma continuidad y que resulta imprescindible para que la industria siga latente: la exploración. El rezago en este eslabón pone en riesgo a toda la cadena. Es más, la exploración es la génesis misma del sector.

Por ello, en una industria de largo aliento como la hidrocarburífera hay que tener cuidado con acostumbrarse a las llamadas zonas de confort, aquellas que nos permiten gozar de los beneficios económicos en el presente, pero que rompen con una premisa básica de este negocio: la prospección continua.

Es tiempo que la exploración asuma un rol igual de protagónico al de la producción o la exportación de gas. Dentro de poco no alcanzará simplemente con reponer las reservas que se consumen, sino que se deberá tener la suficiente capacidad para garantizar el abastecimiento de los nuevos contratos, como el que se pretende firmar con Brasil dentro de pocos años.

De igual forma, de por medio está el futuro de la industrialización. Un paso vital para dejar de exportar materia prima, pero que también requiere de reservas seguras. En resumen, la construcción del futuro de la industria gasífera se efectúa ahora. Por eso hay que regresar a las entrañas de la tierra.

 

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