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A 33 años de la catástrofe nuclear de Chernóbil

Germán Orizaola

Investigador Programa Ramón y Cajal, de la Universidad de Oviedo, España.

El 26 de abril de 1986 el reactor número 4 de la central nuclear de Chernóbil (Ucrania) sufrió una explosión durante unas pruebas técnicas. A consecuencia del accidente se emitió unas 400 veces más radiación que la liberada por la bomba nuclear lanzada sobre Hiroshima (Japón) en 1945. Este es, hasta la fecha, el mayor accidente nuclear de la historia.

Las labores de descontaminación se iniciaron de inmediato. Alrededor de la central nuclear se creó una zona de exclusión de la que se evacuaron unas 350.000 personas. Los evacuados nunca regresaron a sus hogares y hoy el área sigue vetada al ser humano.

El accidente tuvo un gran impacto sobre la población humana. Aunque no existen cifras claras, las consecuencias físicas (pérdida de vidas humanas) y psicológicas debido a la evacuación fueron graves.

El impacto inicial sobre la naturaleza fue también importante. Una de las partes más afectadas fue el pinar ahora conocido como «bosque rojo». Esta zona recibió las mayores dosis de radiación, por lo que los pinos murieron al instante y todas las hojas se volvieron rojas. Pocos animales sobrevivieron a las dosis radioactivas más altas.

Por ello, después del accidente se asumió que la zona de exclusión se convertiría en un desierto para la vida. Dado el largo tiempo de descomposición de algunos compuestos radioactivos, se supuso que el área iba a quedar inhabitada durante siglos.

Un grupo de lobos es fotografiado en la zona de exclusión de Chernóbil, en 2014 (Foto: National Geographic Society)

La naturaleza de Chernóbil hoy

Hoy, 33 años después del accidente, en Chernóbil viven osos, bisontes, lobos, linces, caballos de Przewalski, y unas 200 especies de aves, entre otros animales.

Entre el 4 y 6 de marzo de 2019 nos reunimos en Portsmouth (Inglaterra) los principales grupos de investigación que trabajamos con la naturaleza de Chernóbil. Una treintena de investigadores de Ucrania, Francia, Bélgica, Noruega, España, Irlanda y Reino Unido presentamos los últimos resultados de nuestros análisis. Estos incluyen estudios sobre grandes mamíferos, aves nidificantes, anfibios, peces, abejas, gusanos, bacterias y la descomposición de las hojas.

Los trabajos presentados mostraron que en la actualidad la zona de exclusión alberga una gran biodiversidad. Además, confirmaron la ausencia general de efectos negativos de la radiación sobre las poblaciones de animales y plantas de Chernóbil. Todos los grupos estudiados mantienen poblaciones abundantes y perfectamente funcionales en el área.

Un ejemplo claro de la diversidad de fauna en Chernóbil lo da el proyecto TREE (de las siglas inglesas Transferencia, Exposición y Efectos). Como parte de este proyecto se instalaron durante varios años cámaras de fototrampeo por toda la zona de exclusión. Las fotos revelan la presencia de fauna abundante en todos los niveles de radiación. Estas cámaras detectaron la presencia por primera vez de osos pardos y bisontes europeos en la zona ucraniana, así como la expansión de la poblaciones de lobos y caballos de Przewalski.

Nuestro trabajo con los anfibios de Chernóbil también ha detectado abundantes poblaciones de todas las especies, incluso en las áreas de mayor contaminación radioactiva. Hemos encontrado además algún indicio de respuestas adaptativas frente a la radiación, como cambios en la coloración de las ranas. Las ranas de la zona de exclusión son más oscuras, lo que podría protegerlas de la radiación.

Sí se han detectado algunos efectos negativos de la radiación a nivel individual. Algunos insectos, por ejemplo, parecen vivir menos y estar más afectados por parásitos en zonas de radiación alta. Algunas aves también presentan daños en su sistema inmune, aumento de albinismo y alteraciones genéticas. En todo caso, estas alteraciones no parecen afectar al mantenimiento de las poblaciones.

La ausencia general de efectos negativos de la radiación sobre la fauna de Chernóbil puede deberse a varios factores.

Por un lado, los organismos vivos podrían ser mucho más resistentes a la radiación de lo que se preveía.

Otra alternativa es que las especies podrían estar empezando a mostrar respuestas adaptativas que les permitieran vivir en zonas contaminadas sin sufrir efectos negativos.

Además, la ausencia de humanos en la zona podría estar favoreciendo a muchas especies, en especial a los grandes mamíferos.

Esta última alternativa indicaría que la presión de las actividades humanas resultaría ser más negativa a medio plazo para la fauna que un accidente nuclear. Una visión bastante reveladora del impacto humano en el medio natural.

Bisonte europeo, lince boreal, alces y oso pardo fotografiados por las cámaras del proyecto TREE dentro de la zona de exclusión de Chernóbil (Fotos: Proyecto TREE)

El futuro de Chernóbil

En 2016 la parte ucraniana de la zona de exclusión fue declarada Reserva Radiológica de la Biosfera por el Gobierno de Ucrania. Contra los pronósticos iniciales, el área sirve ahora de refugio a numerosas especies amenazadas a escala Europea o nacional. Entre ellas destacan el oso pardo, el bisonte europeo, el caballo de Przewaslki, la cigüeña negra y el águila pomerana.

Con el paso de los años, Chernóbil se ha convertido además en un excelente laboratorio natural para el estudio de la evolución en ambientes extremos.

En la actualidad varios proyectos intentan retomar la actividad humana en la zona. Se ha popularizado el turismo de catástrofes, con más de 70.000 visitantes en 2018. Existen planes para construir plantas solares para la producción de energía. Incluso el pasado otoño se organizó un festival de música electrónica en la abandonada ciudad de Prípiat.

En 33 años Chernóbil ha pasado de considerarse un desierto para la vida a ser una zona de interés para la conservación de la fauna.

Paradójicamente, ahora es necesario mantener la integridad de la zona de exclusión como reserva si queremos que en el futuro siga siendo un refugio para los seres vivos.

Los niveles radiactivos son todavía lo suficientemente altos como para que nadie pueda residir permanentemente dentro de un radio de 30 kilómetros de la planta (Foto: AP)

(ABC – Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation)

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