OPINIÓN

¿Cuánto nos cuesta realmente importar diésel? El costo oculto que no aparece en el surtidor

Si Bolivia importa aproximadamente entre 19 y 20 millones de barriles anuales de diésel para cubrir su déficit, y el precio internacional promedio oscila entre 70 y 90 dólares por barril, estamos hablando de cientos de millones de dólares que salen del país cada año.

Por Pedro Torquemada, analista y consultor energético

El debate energético en Bolivia suele concentrarse en el precio del diésel en el surtidor. Sin embargo, el verdadero costo no es el que paga el conductor, sino el que paga el país.

Importar diésel no es simplemente una transacción comercial. Es una salida permanente de divisas en un contexto de reservas internacionales limitadas. Cada barril importado no solo implica un pago externo, sino también una presión adicional sobre la balanza energética y la estabilidad macroeconómica.

Si Bolivia importa aproximadamente entre 19 y 20 millones de barriles anuales de diésel para cubrir su déficit, y el precio internacional promedio oscila entre 70 y 90 dólares por barril, estamos hablando de cientos de millones de dólares que salen del país cada año.

Ese flujo constante tiene tres efectos estructurales.

Primero, presiona las Reservas Internacionales Netas (RIN). Cuando el ingreso por exportaciones gasíferas disminuye y las importaciones energéticas aumentan, el resultado es una balanza energética negativa.

Segundo, amplifica el subsidio. Si el precio interno es inferior al costo de importación, la diferencia no desaparece: se traslada al Estado. Es un costo fiscal que se acumula año tras año. Si bien hoy es menor, aún persiste.

Tercero, genera vulnerabilidad operativa. La importación depende de la disponibilidad de divisas, de la logística internacional y de condiciones externas que el país no controla.

El problema no es el diésel en sí. Es el modelo.

Cada año que Bolivia importa volúmenes crecientes de combustibles sin generar una sustitución estructural, la economía se vuelve más dependiente del exterior. No es solo un tema energético; es un tema de soberanía macroeconómica.

Por eso, el debate sobre la industrialización del gas o la construcción de refinerías no debe analizarse únicamente en términos de barriles producidos, sino también en términos de reducción de presión externa.

La pregunta que deberíamos hacernos no es cuánto cuesta el litro en el surtidor, sino cuánto cuesta sostener indefinidamente un esquema de importación creciente en un contexto de restricción externa.

El diésel no es solo un combustible. Es un indicador de fragilidad estructural.

Y los indicadores, cuando no se corrigen a tiempo, se convierten en crisis.

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